FRATERNIDAD LUTERANA ORTODOXA
 
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QUIENES SOMOS

Con sinceridad y reverencia agradecemos al Señor el que nos sea posible continuar nuestro Ministerio online desde este espacio. Deseamos comenzar la construcción de este sitio memorando algunos conceptos de nuestra Home Page original. Decíamos allí:

“La Congregación ‘Cristo Nuestra Justicia’ inició su Ministerio en Octubre de 1994, por la Obra del Señor en Su Palabra y Sacramentos, entre una pequeña asamblea de Cristianos, quienes, alumbrados por la doctrina central de la Reforma Luterana, la salvación por la Sola Gracia, debida a la eterna Elección de Dios, salieron de distintas iglesias, presa del legalismo, o deformadas por el Liberalismo teológico, el Unionismo craso, la pseudo teología filomarxista, el falso 'ecumenismo,' o el ‘movimiento carismático.’ En nuestro décimo cuarto aniversario recordamos a las familias y hermanos fundadores, Jorge Bruno y su esposa, la familia de Ricardo Samar, Estela Simonetti y su hijo Fernando, Margarita Girón, la familia del M. Reverendo Dr. Ivaldi, Nora, Rodrigo, Mariano y Elías, y otros que luego se sumaron, como la familia Núñez, Norberto Franke, Gustavo Maili, las hermanas Carmen Vargas, Inés Niewod, Etelvina Lofeudo (ya nacida a los cielos, y confirmada como Luterana en 1930,) Mercedes Lasso, Juana Heredia, Marta Daneri, Alejandro Weissgarber y Aquiles Vignolo, entre otros, por quienes, asimismo, damos gracias a Dios. En 1996 la Congregación abrazó la doctrina Luterana del Libro de Concordia de 1580. Al no hallar en el país cuerpos Luteranos de una misma confesión, doctrina y práctica, la Congregación inició, en 2000, su ministerio en Internet, desde la Página

http://replay.waybackmachine.org/20080610061642/http://comunidad.ciudad.com.ar/argentina/capital_federal/luteranos/

bendecida en ese momento por más de 100.000 hits. Este sitio web Luterano Autónomo y No Alineado ha sido el único, en toda Internet, dedicado a propagar con excelencia la doctrina de nuestra iglesia, difundiendo y traduciendo textos que por vez primera pueden leerse en español. En tanto activos grupos Calvinistas rescatan y transmiten los escritos privados de sus teólogos históricos, y los de sus Confesiones públicas, no existen intentos serios entre Luteranos para defender y examinar la doctrina de la Reforma, y menos aún proceder a su restauración Católica, salvo el del Rev. Heiser, o el del Rev. John W. Berg. en los Estados Unidos, y algunas publicaciones, como las que hubieron emprendido las Lutheran Churches of the Reformation, y otras congregaciones independientes, como aquellas representadas en The Motley Magpie, esfuerzos que, de cualquier manera, resultan insuficientes.

La iglesia Luterana ha existido en nuestras tierras por unos ciento noventa años; y, aún así, no ha producido ninguna obra teológica valiosa, si descontamos algunas viejas traducciones o prólogos a Obras de Lutero, de quien, por otra parte, se han publicado sólo 12 Tomos (sobre los 60 o más de la Edición Erlangen,) hoy fuera de imprenta en Sudamérica. Años atrás se editó en USA un ejemplar del Libro de Concordia sobre la versión Tappert, que no es la mejor. No existe una versión española de la Triglotta, cuya última edición data de 1921, por la casa Editora del Viejo Sínodo de Missouri, Ohio y otros Estados, ya desaparecido: y su texto inglés, de todos modos, no guarda la fidelidad debida a los originales Latín y Alemán. En este cuadro, y en estas deplorables condiciones, emprendimos nuestra labor, solamente por fe, sostenidos por la gracia de Dios. Con esperanza se intentaron, desde 2000, contactos con Luteranos de otras latitudes. Fue así como se comprendió, de manera definitiva, la decadencia, corrupción ética y doctrinal de los Mega Cuerpos del Norte y las Iglesias Nacionales, que poco o nada tienen que ver con la pura doctrina Bíblica de la Reforma Luterana y sus Confesiones. Sin dejar de reconocer la relevante contribución de los cuerpos que integraron la ex Conferencia Sinodal en los Estados Unidos, debemos decir que deben lamentarse sus funestos errores en doctrinas fundamentales como la Justificación, o sobre la Santa Cena de Cristo, en la que perpetuaron las desviaciones del último Melanchthon. Sin embargo, en la Bondad de Dios, y luego de una breve comunión con una iglesia libre en Suecia, con la cual se suspendieron los vínculos por razones de disciplina Bíblica, en 2004 sellamos la comunión de púlpito y altar con el joven Sínodo Luterano Confesional de México, representado por el Pastor Jorge Ángel Mijangos Daniel.

Como otros Cristianos en diversas partes del mundo, hemos entendido la gravísima crisis que hiere al Cristianismo, asaltado desde fuera por siniestras corrientes profanas, en esta corrosiva y agónica post-modernidad, y socavado desde dentro por agentes, que, consciente o inconscientemente, obedecen a la conjura de sociedades tenebrosas, lográndose así, entre otros fines, que se hagan a un lado los Medios de Dios: la Palabra y los Sacramentos, y se introduzcan toda clase de distorsiones y errores, con ‘métodos,’ como el Church Growth Movement, el ‘Gerenciamiento por Objetivos,’ la ‘Contextualización,’ y el ‘Purpose Driven Church,’ (‘iglesia dirigida hacia metas,’) cuyas ‘líneas’, se ‘bajan’ desde sistemas globalizadores de marketing, psicología ‘pop,’ y lavado de cerebro. De este modo se destruyeron, en primer lugar, los ambientes y escuelas teológicas, logrando ‘producir’ pseudo-teólogos clonados y aptos para el ‘Sistema’ de la Churchianity, o Iglesiocracia, constituyendo el paso posterior la deformación e impotencia absoluta y final de las congregaciones y sus miembros, desprovistos de cultura Bíblica y Tradicional, sin Confesiones, y atrapados, en el mejor de los casos, en las angustias ‘religiosas’ del neo-pentecostalismo, una anomia estéril, o la trampa mortal de la ‘obediencia activa imputada.’ Trágico destino el de la Iglesia Luterana, aún con Lutero presente. Y si todo esto no fuera suficiente; si este espantoso asolamiento y esta maliciosa ignorancia no bastaran todavía, tenemos aún que luchar por la Biblia, su texto original y recibido por la Iglesia, y sus versiones fieles, en tanto dejan de imprimirse las versiones genuinas y se difunde toda clase de pseudo Biblias. Y esto, en la actitud sacrílega de violar la Palabra del Creador y Redentor del mundo, por el plan de una burda unidad, meramente externa, en la ruina de toda sana ciencia, y la elevación de personajes oscuros a los sitios elevados del Lugar Exterior, corrupto y entregado a los ‘Gentiles’ por cuarenta y dos meses (Apoc., XI.1-3.) Es este, y no otro, el Reino del Anticristo, la Época de la Satania, o Ciudad Global de Satanás. Y aquí debemos, otra vez, agradecer a nuestro Señor, por habernos advertido sobre todas estas cosas en Su Palabra. Convocamos, pues, a unirse a este esfuerzo y esta lucha, a todos los que posean la fe y la claridad para la empresa, cuyo único Profeta, Sacerdote y Rey es Cristo Jesús.

Nuestro más sincero afecto para los hermanos y hermanas que, desde los Estados Unidos, nos han hecho llegar su amor y consejo de manera asidua. Varios de ellos han dejado las instituciones, y celebran cultos domésticos.

Deseamos advertir que hemos debido recurrir a este medio gratuito, por razones de economía.

A aquellos Ministros Cristianos, y aún a todo Cristiano y Cristiana, que deseen contactarnos, se les invita a escribir con franqueza y claridad. En cuanto a los Pastores, se hace saber que el acuerdo y posterior comunión se establece sobre el firme fundamento de un Coloquio doctrinal, planteado esencialmente sobre la Dogmática Luterana ortodoxa.

CONGREGACIÓN CRISTO NUESTRA JUSTICIA

Tiempo de Pentecostés, Agosto, 2004.
Actualizaciones: Rogate, 2007.
Vigésimo Primero de Pentecostés, 2010.”

INFORMACIÓN

Notable ha resultado, a lo largo de los años, el apoyo recibido por Cristianos de otras Confesiones, muchos de ellos Reformados, que no sólo citan nuestros escritos, más han incluido varios de ellos en sus planes de estudio para Seminaristas: a ellos agradecemos de todo corazón. Lamentable ha sido, por otra parte, la escasa o nula repercusión que este Ministerio ha tenido entre Luteranos; se descontaba el rechazo de la mayoría liberal y apóstata, más nos ha asombrado el silencio, por momentos infausto, de aquellos que se 'ven a sí mismos como justos,' en tanto se llaman, o auto-llamaban, ortodoxos. En lo personal, la continua actividad teológica y el estudio incesante de la Historia y Dogmática de la Iglesia Cristiana, determina que, en tanto se mantiene, con ‘pequeñas llamadas al pie,’ por decirlo así, la convicción de que nuestro Augustinus y la Confesión de Fe, como los Dos Tomos de las 'Assertions,' representan nuestra teología y mi certeza como Ministro ortodoxo de la Palabra y los Sacramentos: en tanto continúa fiel mi adhesión a las Catecismos de Lutero y a la Augustana. De todas estas cosas, he alcanzado juicio definitivo, del cual no me es posible volver atrás por lealtad a Mi Señor y Salvador y a Su Divina Palabra. Solamente a Cristo sirvo, y no doblo mis rodillas ante hombre alguno ni ángel del cielo.

Ahorraré mayores conceptos, no obstante, para no redundar sobre estos numerosos años de Ministerio, mi obra como Predicador, y mis enseñanzas pastorales, y para no adumbrar, siquiera mínimamente, el nombre del Clero y los fieles que, con lealtad, me acompañaron y contribuyeron a este bendito y magnífico esfuerzo, insular en una geografía y en un mundo que parecieran no corresponderse con la historia de una maravillosa Congregación de Cristianos honestos e instruidos en doctrina.

Lo publicado aquí, aunque mucho más breve que en el sitio original, servirá de testimonio. Prosigo mi Ministerio, hasta donde el Señor me de fuerzas, salud y vida, en cualquier otro lugar de la pura doctrina y de la verdadera Iglesia Católica Antigua (que no otra cosa debió ser el Luteranismo, como lo fue más tarde el Jansenismo dogmático) donde Jesucristo Dios me llame.

Quedo a disposición de cualquier persona, respetuosa y de buena voluntad, que deseare realizar consultas doctrinales o pastorales sobre el Evangelio Eterno.

Cristo es Rey y Señor, aún en medio de la Tribulatio Magna.

"Con Su Palabra y Sacramentos Reina aún en medio de Sus enemigos."

En Su Servicio,

M. Rev. Pastor Dr Enrique I. Broussain, Hon.Th.D.

Adviento del 2008.
Revisión, Vigésimo Primero de Pentecostés del 2016.

Además del feedback del sitio, puede escribirnos al
antiguo mail:

escríbanos/write us to: edftepregon@gmail.com

Nuestra página primera:

http://comunidad.ciudad.com.ar/argentina/capital_federal/luteranos/

permanece online, mas no nos es posible modificarla desde 2004.

Cayó definitivamente en 2008, por lo cual sólo es recuperable por el url más arriba citado.

Documentos adicionales, de años pasados, en:

www.cristonuestrajusticia.blogspot.com

Publicaremos:

Devociones de Adviento y Navidad -
La Confesión de Fe -
El Gran Día de la Expiación - El AUGUSTINUS -
Devociones sobre la Cuaresma

http://galeon.hispavista.com/doctrinaluterana
http://galeon.hispavista.com/devocionesluteranas

Documentos adicionales en formato PDF:

http://fraternidadluterana.angelfire.com

DOCUMENTOS

DEVOCIONES PARA ADVIENTO Y NAVIDAD.

PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO - DOMINGO

He aquí, tu Rey viene a ti, manso… (Mateo, 21.5)

Hay un Rey y Señor que es Rey de reyes y Señor de señores. Es Jesucristo, de quien Dios dice. ‘¡Yo he puesto a Mi Rey en Sión, Monte de Mi Santidad!’ (Salmos, 2.6.) A Él ‘Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que ante el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’ (Filipenses, 2.9-11.)

Este Rey viene a ti, así como eres de pecador. Llega a ti ahora, cuando lees u oyes esta devoción, porque siempre está presente en donde está Su Palabra, y esa Palabra se te presenta ahora.

Y viene a ti manso, no en juicio o para condenarte, sino para perdonar tus pecados y decirte así que eres un hijo querido de Dios, y goces, eternamente, de la bienaventuranza del cielo. ‘He aquí’, dice Él, ‘Yo estoy a la puerta y llamo’ (Apocalipsis, 3.20.) Haciendo esto, no acude a tu decisión, mas la promueve.
Presta atención a Su voz y no resistas a Él en tu corazón, hombre mortal. Quienquiera que seas, Él viene a ti porque desea ser tu Salvador. Llega a ti, que conoces el consuelo que sólo proporciona la fe salvadora. Por eso, con gozo, salúdale, y cree en Él, sabiendo que le necesitas a cada paso del camino de la vida. Él viene a ti aun cuando supongas que tu fe es débil o puedas estar preguntándote si Él aún desea ministrarte como a uno de los Suyos. En verdad, te ama, no lo dudes jamás. Sí, y viene a ti, que tal vez te has apartado de Él para servir al pecado. Aún a ti, con misericordia, quisiera Él atraerte, porque vino a esta tierra para buscar y salvar a los pecadores. Entonces, quienquiera seas, une tus manos para suplicar.

LUNES

Cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén. (Romanos, 9.5)

¿Quién es este Rey a quien Dios ha instalado en Sión y ante quien toda rodilla debe doblarse? ¿Quién es Aquél de quien dicen las Escrituras. ‘He aquí tu Rey viene a ti, manso’? ¿Quién es el que quisiera que fueras Suyo; rescatarte de la culpa y la condenación que resultan de tu pecado; y quiere que goces para siempre de su bienaventuranza? ¿Quién es Jesucristo? Nació en Belén de Judea hace dos mil años, como un descendiente directo del Rey David, que vivió mil años antes de él. David, a la vez fue heredero de Abraham, Isaac y Jacob, los antepasados del antiguo pueblo de Israel, de modo que en cuanto a linaje, era israelita. Por este pueblo pasa la genealogía humana de Cristo. Esto se refiere a la naturaleza humana de Jesús. En términos de Su naturaleza humana, Jesucristo es Nazareno, de la Galilea. Sin embargo, además de Su naturaleza humana, Cristo también posee una naturaleza divina. No es solamente un hombre, sino como dice nuestro texto. ‘Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.’ Él es Dios en la carne. En Su Persona, Cristo no pertenece a ninguna etnia, raza o nación, ya que Él es Dios en la carne.

Es cierto, esto es algo único y maravilloso. Es lo que la Biblia enseña - no sólo la Epístola a los Romanos, sino todas las Escrituras de ambos, el Antiguo como el Nuevo Testamento. Además, esta ha sido la confesión de la Cristiandad, desde el principio. ‘Creo en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María.’ Lutero también confesó esto en su explicación del Segundo Artículo del Credo Apostólico. ‘Creo que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la Virgen María, es mi Señor.’

Dios es Uno, en esencia, propósito, justicia y misericordia. De este único Dios, sin embargo, se revelan tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡El Hijo se hizo hombre para buscarte y salvarte, hombre mortal! Tienes que buscarlo allí en donde puede ser hallado, en Su Palabra, en la Biblia, y en Sus Sacramentos. Allí tu fe recibirá seguridad.

MARTES

Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito á la ley, Para que redimiese á los que estaban bajo la ley, á fin de que recibiésemos la adopción de hijos. (Gálatas 4.4, 5.)
¿Qué significa ‘bajo la Ley’? La referencia aquí es a la Ley de Dios como se expresa en los Diez Mandamientos, los que aprendimos cuando niños. Y estás bajo esta Ley porque Quien la promulgó fue Dios, tu hacedor. Tiene un significado pavoroso el que tú y todos los hombres estén bajo esa Ley, ya que Dios exige la muerte de quienes no la guardan perfectamente. Como pecador, sabes que no has guardado la Ley de Dios; de hecho, eres incapaz de guardarla como Él ordena que se la guarde. Esto quiere decir que esta Ley te condena ahora mismo, y para siempre. No importa lo que hagas, no puedes cambiar nada de esto.

Pero Dios sí lo puede hacer. Porque cuando vino la plenitud del tiempo, el tiempo que el Dios sabio había fijado en la eternidad, envió al mundo a su Hijo Unigénito, haciendo que nazca de una mujer, la Santa Virgen María; y lo situó bajo la Ley divina, de la misma manera en que tú y yo y todos los hombres lo estamos. Debería guardar a la perfección esa Ley, algo que sólo Él podía — lo que efectivamente hizo. Libremente aceptó la pena y el castigo de la Ley, que maldice a los pecadores. ¿Por qué? Porque como Substituto y Garante de la humanidad pecaminosa, común a todos, pagó la deuda, sufrió el castigo, para que nosotros, creyentes, gozáramos el pleno derecho de los hijos de Dios. ‘Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; El castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados.’ (Isaías, 53.5.) Él es ‘el Cordero de Dios que lleva el pecado del mundo.’ (Juan, 1.29.) ‘Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.’ (Gálatas, 3.13.)

Jesucristo lo hizo por ti, pecador. ¿No estimarás con gozo este Sacrificio en tu amparo? Si es así, ya no estás bajo la Ley, mas te has recobrado de ella y eres un amado hijo de Dios.

MIÉRCOLES

Engrandece tu boca, y la colmaré. (Salmos, 81.10)

Las avecillas morirían de hambre si sus padres no buscaran comida para ellas y las alimentaran. Las hemos visto esperando que ellos regresaran; y luego, ya impacientes, estirando el cuello para recibir el alimento que se les ofrece. Las aves adultas no se cansan de buscar este alimento, ni desestiman el alimentar a sus crías.
Cristiano, de manera semejante, Jesucristo, tu Rey, el poderoso Hijo de Dios, quisiera alimentarte. Él, quien con Su vida perfecta y Su amargo sufrimiento y muerte te redimió para que ya no estuvieras bajo la maldición de la Ley, viene a ti una y otra vez, manso y preocupándose por esa nueva vida en ti, y con el deseo de alimentarla y preservarla. ¿Qué es lo que Él ofrece y da? En primer lugar, el perdón de todos tus pecados — a diario y en abundancia, de modo que ninguno de ellos ponga en peligro tu salvación. Junto a la clemencia, hay la adopción en la familia de Dios, la seguridad de que eres hijo de Dios, y heredero del cielo. Con Su Palabra y en ella también te da el Espíritu Santo, quien revela a Jesús como tu Salvador, dándote confianza en Él, y haciendo que recibas con gratitud Sus dones y que te goces en ellos. Él despierta tu fe y te preserva en ella por los Medios de Gracia, la Palabra y los Sacramentos. Tu Salvador viene a ti con ternura y acompañado por Su misericordia y Su fidelidad, conduciéndote durante tu paso terrestre, hasta que tomes el galardón final, la salvación de tu alma y la resurrección de entre los muertos. Sí, en esta vida, tu Redentor te hace conocer el amor y el alivio que necesitas, de los cuales comerás y beberás en tiempos de tribulación. Finalmente, cuando llegue la hora de tu muerte, Él estará allí para llevar tu alma y esconderla en Él. Y luego, en el Día del Juicio, resucitará tu cuerpo del polvo y lo glorificará, dándote la plenitud de la vida y la felicidad eterna.

Te pregunto, ¿permitirás que las crías en el nido te avergüencen con su ansiedad en recibir un alimento que perece? ¿Cuando tu Salvador viene para ofrecerte comida celestial, la rechazarás? No lo hagas. Abre por completo tu alma y deja que Él la colme, para que con fe y confianza tu corazón se inunde de alabanza y bendiciones al Cordero.

JUEVES

En todo lugar donde Yo hiciere que esté la memoria de Mi nombre, vendré á ti, y te bendeciré. (Éxodo, 20.24)

En las meditaciones recientes, mencionamos que Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios, te libró de la maldición de la Ley, pues Él se sujetó a esa Ley, para ser perfecta ofrenda por el pecado y redimirte por medio de Su muerte. También dijimos que este mismo Jesús aún viene a ti con Su gracia para ofrecerte el perdón y todo lo que necesitas para tu eterna salvación. Tal vez pienses, ‘¿Dónde está?’ Y ‘¿Cómo vendrá a mí?’ ‘¿Cómo puedo estar seguro de Su presencia y de Sus dones?’ Hay respuesta para estos interrogantes en ciertas palabras de Dios reveladas al Antiguo Israel. En el libro de Éxodo leemos, ‘En cualquier lugar donde Yo haga que se recuerde Mi nombre, vendré a ti, y te bendeciré.’
Algunas palabras sobre esto. Sabes que luego que Jesús obtuvo la redención del hombre, resucitó de entre los muertos al tercer día, ascendió al cielo, y ahora está sentado a la diestra de la gloria de Su Padre, mediando en el Santuario por nosotros. Sin embargo, esto no significa que Él esté lejos de nosotros. ¿No es cierto que dijo a Sus primeros discípulos, ‘He aquí, Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’? ¿Y en otra ocasión. ‘Porque donde dos o tres están congregados en Mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’? Sí, como Cristo es Dios, de un modo que la razón caída no alcanza, REALMENTE está presente. En dondequiera que Él haga que se escuche Su Palabra, dando honra a Su Nombre; en cualquier sitio donde se administren Sus Sacramentos, el Santo Bautismo, la Santa Absolución y el Santísimo Sacramento del Altar, allí Él también está presente, y viene a los que participan de Su Palabra y Sus Sacramentos. ‘En todo lugar donde Yo hiciere que esté la memoria de Mi nombre, vendré á ti, y te bendeciré’, dice. Y también te dará todo lo que te promete en esa Palabra y en esos, Sus Sacramentos. Dios se relaciona contigo en la Sangre de Cristo, en el perdón de tus pecados. Dios sale a tu encuentro en Sus Medios de Gracia, la Palabra externa y los Sacramentos. Búscalo, pues, donde puede ser hallado.

Recuerda, Sus promesas son puras bendiciones. En el Sacramento del Altar, tienes el momento y el lugar donde más próximo a Dios estarás en esta tierra. Por las palabras de institución, el cuerpo del Cordero de Dios, sacrificado y herido, de modo sobrenatural, reposa sobre el altar, ante la adoración de los fieles, para dar el perdón y declararte limpio de tus pecados pasados, y completo delante de Dios, en tanto marchas por la fe de Jesús guardando los Mandamientos de Dios.

Acepta con confianza y gozo aquello que Él te ofrece cuando viene a ti en Palabra y Sacramento. No te desilusionarás: puedes depender totalmente de Él y de Sus dones.

VIERNES

Y sacándolos fuera, les dice, Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y ellos dijeron. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y toda tu casa. (Hechos, 16.30-31)

Las personas que buscan la salvación preguntan, con frecuencia, ‘Cuando Jesús viene a mí y me da todo lo necesario para mi salvación, ¿qué es lo que yo, de mi parte, tengo que hacer para ser salvo?’
Consideremos esa pregunta. Dime, amigo, ¿qué es lo que hace una oveja perdida cuando el pastor la busca y la encuentra y la lleva a casa sobre sus hombros? ¿O prefieres una comparación que tenga que ver con un hombre? ¿Qué hizo el hombre que había caído en manos de robadores, y quedó allí, agonizando en el camino, cuando el Buen Samaritano llegó, vendó sus heridas, lo llevó a un mesón e hizo arreglos para su cuidado? Di, ¿qué es lo que hizo? De hecho, ¿qué es lo que podía hacer? Él no tuvo obra alguna. El Buen Samaritano se ocupó de todo.

Reconoces, pues, que nada hay que puedas hacer para tu salvación. Gracias a Dios, el Buen Samaritano, Cristo, lo hace todo. Desespera de tus propios esfuerzos y depende completamente de tu Salvador. Eso es lo que debes hacer en este asunto vital. Oíste al carcelero preguntar con temor y desesperación, ‘Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?’ Y sabes lo que respondieron Pablo y Silas. ‘Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa.’ Es como decir. ‘Tú no puedes hacer nada por ti mismo, pero confía en el Señor Jesús para que Él lo haga.’ Esto está de acuerdo con lo que explicó Jesús a Nicodemo. ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.’ (Juan, 3.16.) Toda la Escritura contiene el mismo mensaje, de una forma u otra. Porque el Señor Jesús viene a ti y te trae y da todo lo que necesitas para tu salvación, confía en Él y vivirás para exaltarlo. De hecho, cuanto más vil hayas sido, cuanto más desesperada sea tu condición, tanto más se te llama a confiar en Él y sólo en Él, que vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Ya estás redimido para Dios en cuanto a Él concierne, puesto que Su Hijo, con Su vida santa y Su sufrimiento y muerte ha expiado el pecado del mundo, y eso incluye tu pecado, —y quiere salvarte. ¿Huirás de Él para tratar de preservarte tú mismo? No lo hagas. Más bien pídele que te salve con Su Espíritu y Su Palabra, para que tu corazón no caiga en el error, mas busque todo su auxilio en la gracia de Cristo.

SÁBADO

Y ahora, hijitos, perseverad en Él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de Él en Su venida. (1 Juan, 2.28)

‘He aquí, tu Rey viene a ti, manso.’ Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de la Virgen, quien te ha redimido de la maldición de la Ley cuando fue hecho maldición en tu lugar, al tomar tu sentencia y castigo sobre Él, viene a ti en Su Palabra y en los Sacramentos, trayendo y dándote todo lo que necesitas para ser salvo. Y no hay nada que tengas que hacer más que recibirle, a Él y sus dones, en fe, y confiar en Él.

‘Ahora, hijitos,’ dice el Apóstol Juan, ‘perseverad en Él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de Él en Su venida.’ Sí, el Señor Jesús vendrá otra vez, y será visible a todo ojo, para juzgar a los vivos y los muertos. Todo aquel que al final de su vida, o en el fin del mundo, sea hallado en la fe, tendrá gran gozo. Pero el que no permaneció en la fe de Cristo, será avergonzado cuando Él venga. ¡Por tanto, hijitos, permaneced en él! Él mismo nos dice. ‘Si vosotros permanecéis en Mi Palabra, seréis verdaderamente Mis discípulos.’

Mientras vivamos en esta tierra corremos el riesgo de menguar en la fe de Jesús, o de, ‘perderlo de vista, mermar nuestra fe en Él.’ Esto sucede porque nuestro corazón es perverso e infame y en todo tiempo proclive a seguir los caminos que él mismo escoge. También, el mundo incrédulo con sus tentaciones y amenazas quisiera que siguiéramos la ancha senda que conduce a la destrucción. Y no olvidemos que hay un antiguo y vil enemigo, Satanás, que busca apresarnos con innumerables engaños y persuasiones. Por tanto, hijitos, permanezcan en Él, es decir: seguid confiando en Él, vuestro Salvador, y oyendo Su Palabra, y aprendiendo de ella.

Para que Sus ovejas, Sus creyentes, no perezcan en el camino, ni sean arrebatadas de Su mano, mas lleguen seguras al hogar celestial, el Señor Jesucristo mismo las guardará. Él y no otro es quien ha prometido hacer esto. ‘Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de Mi mano.’ (Juan 10.28.) Puedes confiar en eso. También puedes pedir que lo haga, porque Él lo ha prometido. Y luego, en Su poder, bajo Su protección y con Su mano, sosteniéndote, será posible, con arrojo, dar batalla a tus propias tendencias maliciosas, en un mundo que es hostil a Cristo, y, de hecho, lograrás también luchar contra el diablo. En la Palabra de Dios están disponibles las armas espirituales, y con el Campeón de Dios se compartirá el triunfo. Así que, toma la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios (Efesios 6. 17.) ‘¡Hijitos, permaneced en él, vuestro Redentor!’

SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO
DOMINGO

Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga. (Mateo, 11.28-30)

Jesús es quien habla. Y no ha cambiado de opinión desde que habló estas palabras. Las dirige a todos los hombres. Extiende Sus brazos y quiere reunirnos alrededor de Su Persona, así como la gallina recoge a su cría debajo de las alas.

‘Venid a Mí,’ dice, sin excluir a nadie, y mucho menos a ti que ahora escuchas estas palabras. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados.’ Todos estamos cargados con el pecado y sus consecuencias, la miseria que causa en nuestras vidas y las de los demás, y con la muerte, que es la paga del pecado, y la amenaza de la condenación. También nos sentimos exhaustos al intentar combatir el pecado con nuestras propias fuerzas, sin volvernos a Jesús. Al fracasar, o quitar nuestra vista del pecado, y poner nuestros corazones en las cosas del mundo, que no compensan, o saturados con nuestras caídas, buscamos hacer algo con nuestras fuerzas, sólo para darnos cuenta de que esto es imposible. Así que no sorprende que el pecado sea una penosa carga. Por ello Jesús ofrece quitar esta carga de nosotros. Si prestamos atención a Su llamamiento y venimos a Él en fe salvadora, hallaremos descanso para nuestras almas — porque Él perdona nuestros pecados, da descanso a nuestras conciencias, y, finalmente, nos llevará a estar con Él para siempre.

Ah!, pero también dice, ‘¡Llevad Mi yugo sobre vosotros!’ ¿Otra carga? No resistas ese yugo, Su yugo. El yugo de Cristo no es sino vivir bajo Él en Su Reino y servirlo, aprendiendo de Él cómo ministrarle y llevar, así, con voluntad y entereza, la Cruz que Él nos concede para nuestro beneficio. No temas por este futuro, porque Cristo no es un Señor áspero y altivo; es manso y humilde de corazón. Es tu amigo, de trato amable y benigno, Uno que sonríe contigo, y que contigo llora. Precisamente bajo Su yugo, en el reino y el servicio de Cristo hallarás descanso para tu alma: no hay verdadero descanso en ninguna otra parte, ni aquí, en el tiempo, ni en la eternidad. Cristo promete. ‘Porque Mi yugo es fácil, y ligera mi carga.’ Los Cristianos que creen esto le sirven y llevan su Cruz, porque saben que su fin seguro es la vida eterna.

LUNES

Palabra fiel y digna de ser recibida por todos es esta: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. (1 Timoteo, 1.15)

Cuando Cristo dice. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados’, está dirigiendo estas palabras, especialmente, a los infecundos por su iniquidad. De hecho, el pecado es la carga más pesada que puedes llevar, porque toda otra carga que el hombre deba sufrir, de una forma u otra, es resultado y paga del pecado. Jesucristo no sería un verdadero Salvador si sólo quitara las consecuencias temporales de nuestro pecado, pero no su culpa. Él desea quitar la carga angustiante del pecado; quiere salvar a los pecadores. Con este fin vino al mundo, como Él mismo lo afirma.

Su amargo sufrimiento y muerte es la mejor prueba de esto: porque en la Cruz Él llevó el castigo de los pecados del mundo como Substituto y Garante de pecadores contritos. Durante Su permanencia en esta tierra, Sus palabras y acciones lo hicieron evidente. Él también vivió una vida perfecta para que Dios no tome en cuenta tu iniquidad. Sólo un ejemplo entre muchos. A Mateo, uno de los Publicanos, hombre de pésima fama, Jesús dijo: ‘¡Sígueme!’ Y en esa cena en casa de Mateo, a la cual fueron como invitados Jesús y Sus Apóstoles, hubo muchos Publicanos y mucha otra gente, pecadores notorios. Cuando los Fariseos advirtieron la circunstancia, se opusieron a los seguidores de Jesús, diciéndoles; ‘¿Por qué come vuestro Maestro con Publicanos y pecadores? Al oír esto, Jesús les dijo. ‘Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.’ Es evidente que Jesús invita a los pecadores a venir a Él, y que los busca sinceramente para salvarlos (de sí mismos y de su pecado, por el cual deberán responder en el Día del Juicio si no aceptan el perdón de Dios.)
Sí, buen amigo, Jesús te llama, así como eres de pecador, y te busca con la mejor de las intenciones. No imagines que porque el mundo no te vea como a un pecador notorio, semejante a los Publicanos de los días de Jesús, no necesitas a un Salvador. Tal vez por la gracia de Dios no cometiste pecados viles. Pero es seguro que ignoras la verdadera condición de tu corazón, si conjeturas que no necesitas de un Salvador. Por otro lado, si eres un disoluto, un miserable sin retorno, y has pecado repetidamente contra Dios y tu conciencia, aun así no pienses jamás que la invitación de Cristo no sea para ti, o que Él no te esté buscando. Cristo no llama a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. Pagó por el pecado del mundo, común a todos: pagó por tus pecados. Acepta ese pago.

MARTES

Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. (Isaías, 53.4)

Como notamos ayer, cuando Jesucristo dice. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar,’ Él piensa substancialmente en la carga del pecado. Quiere quitarla de nosotros y darnos descanso para nuestras almas. Pero hay otras cargas que nos oprimen y nos cansan; la enfermedad, problemas de toda clase, la muerte, y el Juicio Final de Dios. Todos éstos de alguna forma u otra son consecuencias del pecado. Si Jesucristo nos quita el pecado, también seguramente quiere hacer algo para aliviar sus consecuencias. Esto quiere decir que podemos acudir a Él también con estas cargas buscando alivio.

Consideremos hoy la enfermedad y el dolor. Son castigos por el pecado; son una parte de la muerte que es la paga del pecado (Rom. 6.23.) Cristo no sólo llevó por nosotros nuestros pecados, sino también el castigo de ellos. ‘El castigo de nuestra paz fue sobre él,’ como profetizó Isaías. Y en el versículo anterior, el mismo Profeta dice. ‘Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.’ ¿Cómo puedes dudar en venir a Cristo con la carga de tu enfermedad y dolor, para buscar alivio, cuando tu Salvador también ha llevado esta carga por ti? Y ahora piensas. ¿Quitará de inmediato esta enfermedad, o me dará el alivio en alguna otra forma? Toma esto con seriedad.

Si vienes a Jesús con fe, como un pobre pecador, en ese momento Él perdona todos tus pecados, y te hace un hijo de Dios y heredero del cielo. Si entonces ponderas tu enfermedad y tus dolores, ya no serán un castigo y una señal de la Ira de Dios, sino una disciplina saludable y correcciones que la mano misericordiosa y fiel de tu Salvador te allega para tu eterno bien. Él no actúa como un juez severo y airado, sino como un médico compasivo y amistoso, que envía la medida necesaria de enfermedad y dolor para que estés presto para una vida con Él en el cielo. Al corregirte y disciplinarte así, actúa con simpatía y amor como un padre lo haría con el sufriente hijo. Por Su Espíritu, confirma que esto es así en Su Palabra, para que, consolado, puedas confiar en Él en medio de toda tribulación. Promete no asignarte un peso mayor del que puedas soportar; y toda carga que lleves, Cristo te fortalecerá, para sobrellevarla. En el tiempo que Él escoja, restaurará tu salud, o lo hará a la perfección y eternamente cuando estés con Él en la casa del Padre.

MIÉRCOLES

Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. (Mateo, 16.24)

Si padeces alguna tribulación o angustia, seguramente es para ti la invitación de Jesús para que a Él vayan todos los que están cargados y cansados, para recibir alivio. Acude a Él y confía en la promesa de Su Palabra, y conocerás Su fidelidad y Su consuelo.

Pero no imagines que te promete una vida fácil y agradable en esta tierra. La vida gozosa se reserva para los seguidores de Cristo en la Nueva Jerusalén. Para esta vida se aplican las palabras de Cristo. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su Cruz, y sígame.’ Quiere decir que si deseas ser Cristiano y hallar tu salvación en Cristo, tu viaje a será el camino de la Cruz, marcado con dolor. Tienes que conformarte con esto — lo cual requiere negarte a ti mismo. Tu carne, o naturaleza pecaminosa, que rechaza el sufrimiento que Dios te envía, tiene que ser acallada, y debes aceptar toda aflicción que tu Padre celestial no te ahorre. Te será posible si mantienes tus ojos fijos en la vida del Salvador y lo sigues. Pablo y Bernabé dan testimonio del hecho de que ‘es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.’ (Hechos 14.22.) Recuerda, Cristiano, que tu viaje al hogar celestial te lleva a través de un mundo corrupto. Aquí el diablo, el príncipe de este mundo, guarda hostilidad a los fieles porque ellos son seguidores de Cristo. Y los hombres que sirven al diablo no son menos hostiles, por cierto. Además, los Cristianos tienen un enemigo que habita su naturaleza, su corazón malo, que siempre está listo para tomar la senda ancha, la que lleva a la ruina. Cristo hace que los Suyos encuentren tribulación y dificultades, especialmente a causa de este enemigo interior, para que él sea combatido y sometido. Es cierto, como leemos en Hebreos 12.11. ‘Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza.’ Sin embargo, la Cruz y la dificultad son necesarias.

¿Pero, si es así, dónde está el descanso prometido?
Tu Salvador, que sacrificó Su vida santa por tus pecados, se encargará de que puedas llevar tu Cruz, y hará que ello te beneficie. Está listo para consolarte y fortalecerte con las promesas que están escritas en Su Palabra. Recuerda, Él es quien está a cargo de esa Cruz, en todo tiempo, y el Espíritu Santo acompaña y fortalece la proclamación y lectura de esa Palabra. Así como el aire te rodea y sostiene tu vida, así, en una medida aún mayor, la gracia de Dios y Su Espíritu vivificante te envuelven, siempre. Así, todo lo que halles, sea cual fuere su origen, primero enfrentará esta gracia de Dios, y al hacerlo se transformará en bendición y servirá para tu bienestar eterno (Romanos 8.28.) Dios te lo asegura; no lo olvides jamás. Cuando más lo pienses, más alivio y fortaleza hallarás bajo la Cruz que Dios te impone; y estarás siempre dispuesto a tomar el yugo de Cristo y Su Cruz, y a seguirlo con fe salvadora.

JUEVES

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá. (Juan, 11.25)

Tarde o temprano, en un momento que desconoces, Ah!, hombre perecedero, te sobrevendrá la muerte. Entonces abandonarás para siempre este mundo y todo lo que hayas valorado aquí. Tu cuerpo quedará aquí, pero sólo por un tiempo, mientras se consume y deviene polvo. ¿Y tu alma? ¿Qué será de tu alma, y qué le sucederá? ¿Hay alguien entre los sabios de esta tierra que pueda responder estas preguntas? - De seguro, la muerte y el morir no son cosas sin importancia. La muerte, la paga del pecado de la humanidad, a ciencia cierta es un pesado bagaje para que alguien lo soporte.
Pero sabes lo que dice Cristo. ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.’ Sí, aun cuando agonicemos, nos ofrece alivio y descanso. Sin embargo, habrá que confiar en Su Palabra, así como lo hizo el oficial del rey, en el Evangelio de Juan, (4.49.) Confiando en Su Palabra, partirás de esta vida sin desolación y conocerás el descanso y la vida que Él promete.

Escuchemos una vez más la promesa. ‘El que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá.’ CREER EN ÉL quiere decir creer que Él es tu Salvador que fue castigado por tus pecados en la Cruz del Gólgota. Y cuando venga la muerte para terminar con tu vida, por el Sacrificio de Cristo para ti, podrás decir confiadamente. ‘Viviré, porque así lo prometió mi Salvador. Yo sé en quien he confiado.’ De hecho, aunque tu cuerpo muera, tu vida permanece, escondida en Cristo, en bienaventurado sueño; y serás levantado en el día de la Resurrección. Jesús dice, en Mateo, 10.28. ‘Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.’ No temas a los perseguidores terrenales, mas bien teme tú las consecuencias del Juicio Final, si no has creído en el Salvador.

Hubo un Cristiano llamado Esteban. Los Judeanos lo lapidaron a muerte por su fe en Jesús. Cuando las innumerables piedras abatieron su cuerpo, y se le iba la vida, clamó al Señor, en el poder del Espíritu Santo, y dijo. ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu.’ – Así el Señor Jesús recibirá tu espíritu cuando mueras. Confía en ello.
Así San Pablo escribe a los Filipenses: ‘teniendo el deseo de partir y estar con Cristo’ (1.23.) No existe ninguna razón por la cual el Cristiano deba temer la muerte. Si crees en Cristo, en tanto esta vida es cada vez más difícil para el creyente, tú también desearás partir para estar con Él; y como Pablo, podrás decir; ‘lo cual es muchísimo mejor.’

¿Qué dijo Jesús al ladrón que estaba junto a Él en la Cruz? - ‘De cierto te digo hoy, estarás conmigo en el Paraíso.’ Sí, al despertar en la Aurora de la Resurrección, estarás con Jesús en el Paraíso.

En Apocalipsis, 14.13, Juan escribe. ‘Oí una voz desde los cielos, que me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.’ - ‘De aquí en adelante’, esto es; a través de tu muerte, gozarás la bienaventuranza, si mueres en el Señor, creyendo que Él es tu Salvador.

Dime, ¿no es esto un bálsamo y consuelo en medio de la muerte? Piensa en esto: vas a vivir, no a morir, vivir para siempre. Muerto, permanecerás como en bienaventurado y viviente sueño, hasta la felicidad eterna de la resurrección; y esto será para ti como un abrir y cerrar de ojos. Seguramente este es un gran lenitivo ante la muerte. Olvida toda pregunta inútil sobre cómo será nuestro estado después de la muerte. Ningún hombre puede contestarlo con exactitud y Dios tampoco responde en Su Palabra. Aprecia lo que tu Salvador te dice, y cuando recibas la bendición de Sus promesas, ya no habrá más preguntas. Solamente alegría sin fin.

VIERNES

De cierto, de cierto os digo. El que oye Mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. (Juan, 5.24)

Bajo la carga de nuestros pecados, en la enfermedad y el dolor, en la angustia y la tribulación y seguramente cuando reposemos en el Señor, acudimos a Jesús con fe, porque Él quiere darnos alivio y descanso. Hemos reflexionado sobre esto toda la semana. Pero queda algo más que debemos considerar. ¿Te preguntas qué es? - El Día del Juicio.

Dios ha establecido un día, que ni los ángeles ni los hombres conocen, el último día del tiempo, el Día del Juicio. En ese día el Señor Jesús, con gran poder y gran gloria, en compañía de todos los Santos Ángeles, descenderá visiblemente desde el cielo. Todos los que hayan muerto resucitarán, y el cielo y la tierra pasarán. Luego todos los hombres serán conducidos al trono del Juicio de Jesús para que cada uno reciba lo que ha hecho en su cuerpo, sea bueno o malo (2 Corintios 5.10.) Todo aquel que sea hallado culpable irá al tormento eterno; los absueltos pasarán a la vida eterna. ¿Cuál será tu destino?

Escucha las palabras del Señor Jesús una vez más. ‘De cierto, en verdad os digo. El que oye Mi Palabra, y cree al que Me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.’ Aún ahora, seguramente tienes la vida eterna si oyes y crees lo que dice Jesús. ¿Cuál palabra de Jesús? Su palabra acerca de la redención que ha obtenido para ti y para todos, en términos de fe, ese perdón de pecados y la vida eterna que Él da con tanta bondad. Si crees en ese mensaje de salvación, el cual junto a Su Padre celestial te promete y extiende, entonces son perdonados tus pecados, en verdad, y la vida eterna, ciertamente, es tuya. Y recuerda: ‘y no vendrá a condenación.’ ¿Comprendes? No hay condena alguna para ti. Con la fe recibes la regeneración, y, adoptado como hijo de Dios, naces a una vida nueva para seguir Su voluntad en Su Palabra, guardando Sus mandamientos en la fe de Jesús. Si esto crees, si esto haces, si confías en Él, luego ‘has pasado de muerte a vida.’ Y en el Día del Juicio, y ante el trono de Juicio de Cristo, estos hechos serán abiertamente declarados para que todos den testimonio. Jesús te lo asevera para que nada temas del Juicio Final.
Cristiano, permanece con esa clemente promesa de tu Señor. Luego, cuando llegue la hora final, podrás dejar esta tierra con gozo. Tu Salvador guardará en fe tu vida en el Paraíso, y en un instante (ya que el cielo no está sujeto al tiempo, y no hay allí tedio alguno,) serás resucitado; tu cuerpo; Transfigurado, como celestial. No habrá temor del Juicio Final - este será el destino de los incrédulos. Tú, junto con Jesús, Sus santos ángeles y todos los elegidos, entrarás en la vida eterna. Allí toda carga será quitada y siempre estarás con el Señor.

SÁBADO

E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo. Creo; ayuda mi incredulidad. (Marcos, 9.24)

Querido lector, hablaremos de un asunto muy serio.
Has oído que el Señor viene a ti, manso, que te llama con amor, y te ofrece libremente los dones eternos, sin precio alguno. Te dice a ti, un pobre pecador, miserable, perdido y condenado. ‘Te redimí, ven a mí y te daré descanso.’ - ¿Y cuál es tu respuesta?

Sí, tienes que dar una respuesta, firme, clara y decisiva. Tiene que ser sincera y no debes dudar. No debes posponerla. Recuerda, no puedes servir a dos amos, al pecado y a Cristo. ¿Cuál será tu respuesta? ¿Estás pronto a decir. ‘Voy, Señor Jesús’?

¿Sabes lo que significa ‘ir a Jesús’? Significa creer en Él, confiar en Él, hacer lo que Él dice. Significa que con tal fe y confianza a Él te sujetas y que es a Él a quien sigues, sin extraviarte. Eso significa venir a Jesús. ¿Quieres venir a Jesús? Considéralo bien, porque tu salvación depende de esto.

Es cierto, por tu propia razón y fortaleza no puedes creer en Jesucristo ni llegar a Él. Tu condición de pecador, que afecta tu corazón, tus sentimientos, tu mente y tu voluntad, hace que esto te sea imposible. ¿Cómo puedes tú, o cualquier otro indigente mortal, creer en Él, Quien de manera maravillosa sobrepasa toda comprensión y produce prodigios? - Pero no desesperes. Él viene para salvarte. Aquí también hace un milagro. Mediante su Evangelio llega a ti, se te revela; te llama y mediante ese llamamiento abre tu oído ahogado y tu corazón muerto. Te da Sus dones, abriendo los ojos de tu entendimiento. - En resumen, por Su Espíritu Santo te mueve para que digas con fe. ‘¡Voy, Señor Jesús!’ Es cierto, si eres de los Suyos, no puedes resistirle. No obstante, también es cierto que es Él y no otro quien hace cada uno de estos llamados. ¿Estás listo para recibirlo, confiar en Él, seguirlo?

Recuerda, debido a la corrupción pecaminosa de tu corazón, tu fe siempre estará débil, y sujeta a dudas. Pero recuerda también esto, tienes el privilegio de clamar, con ese padre que se menciona en nuestro texto. ‘Señor, creo; ayuda mi incredulidad.’

TERCERA SEMANA DE ADVIENTO
DOMINGO

Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí. (Juan, 5.39)

Sólo hay una manera de llegar a la fe en Jesús y ser bendecido y confirmado en esa fe; esto es, verlo y escucharlo en las páginas de la Sagrada Escritura.
En sus escritos, los Evangelistas y Apóstoles describen a Jesús, inspirados por el Espíritu Santo. Así, su retrato es absolutamente fiel. Hablan de Su nacimiento, Su vida, Su conversación, Su sufrimiento, muerte y resurrección. Y el mismo Espíritu Santo que los hizo pintar a Jesús en la Biblia, usa ese retrato para ponerlo en nuestros corazones, para que allí viva por la fe.

Pero no sólo lo vieron los Evangelistas y los Apóstoles que vivían con Jesús, sino que también los Profetas, cientos de años antes de Su venida, testifican de Jesús en sus escritos.

¿Cuáles profetas? - Por supuesto, sabes que Dios escogió a los descendientes de Abraham, Isaac, Jacob; y a sus doce hijos, también llamados Israel; en otras palabras, a un pueblo entre todas las razas en la tierra. Y les encomendó Su Palabra, e hizo que Cristo se encarnara en el vaso espiritual que descendería de David. A través de Sus profetas, por quienes habló, y a quienes colmó con el Espíritu Santo de modo que hablaron y escribieron movidos no por su propia voluntad, mas impulsados por el mismo Espíritu — ellos escribieron conforme a la inspiración de Dios. Y estos Profetas, cuyos escritos registra el Antiguo Testamento, testifican de Jesús. Dijeron que vendría; y quién sería, cuándo llegaría y qué haría. Además, su testimonio profético acerca de Jesús es tan minucioso, preciso, y objetivo, que quien lo lee con fe se colma de admiración, asombro y devoción: y esa su fe en Cristo se fortalece grandemente. Lo profetizado durante un período que comienza mil quinientos años antes de Su nacimiento, y se extiende hasta cuatrocientos años antes de Su llegada, nos consuela y fortalece nuestra fe.

Esta semana consideraremos ciertas profecías mayores del Antiguo Testamento sobre Cristo, algo que Él mismo dijo que debíamos hacer. ‘Escudriñad las Escrituras… ellas son las que dan testimonio de Mí.’ Bendeciremos y exaltaremos al Señor, quien ha cumplido todas estas profecías.

LUNES

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal. (Génesis 3.15)

Disponiéndonos a considerar las profecías del Antiguo Testamento sobre Cristo, primero observaremos aquella que dice que vendría un Redentor para la humanidad caída en el pecado y en la muerte.

Las primeras profecías del Antiguo Testamento se hallan en Génesis; fueron escritas por Moisés, y él las recibió y preservó por la inspiración y poder del Espíritu Santo. Por el testimonio del mismo Cristo, amigo mío, rechaza tú con vehemencia a todo aquel que niegue la autoría Mosaica del Pentateuco.

Los padres de la raza humana cedieron a la tentación del diablo, enmascarado como una serpiente en el Paraíso. En consecuencia, ellos mismos, junto a todos sus descendientes, se implicaron en el pecado, y así sobrevinieron la destrucción temporal y la muerte eterna. Entonces el Señor vino a ellos, confrontándolos con su trasgresión y sus terribles consecuencias. Pero eso no fue todo. También por Su misericordia les dio la promesa de un Redentor. Mientras Adán y Eva escuchaban, Dios dijo al diablo estas palabras: ‘Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal.’ Es como si dijera. ‘Diablo, por ahora has vencido, pero no es tuya la victoria final. ¡Espera! Ahora pondré enemistad, guerra espiritual, entre ti y la Mujer, entre los que te siguen a ti y la descendencia de ella. Con el tiempo, su descendiente vendrá y te tomará en una batalla final y finalmente te herirá, terminando finalmente con tu poder y dominio, a la vez que tú, a la manera de un reptil, atacarás el talón sin poder vencerlo.’ Esa Simiente de la Mujer es el Señor Jesucristo, el Eterno Hijo de Dios, que nacería de una mujer y nos redimiría. Adán y Eva creyeron esto, y cuando Eva dio a luz a Caín, emocionada, suponiendo que ese era el Redentor, exclamó. ‘He obtenido un hombre, el Señor’ (Génesis 4.1.) Erraba en esto, pero Adán y Eva transmitieron la promesa de un Redentor a sus descendientes. Así Lamec, cuando nació Noé, su hijo, exclamó. ‘Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor maldijo.’ Aunque Lamec creyó la promesa del Señor, él tampoco discernió quien era la persona.

MARTES

En tu Simiente serán benditas todas las naciones de la tierra. (Génesis, 22.18)

Por mil quinientos años, la Palabra que se dio en el Paraíso sobre la Simiente de la Mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente, consoló a los creyentes e iluminó su camino. Y Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé, que vivieron cientos de años, fueron quienes anunciaron este mensaje a la raza de sus tiempos, que crecía velozmente. Al pasar el tiempo se fue olvidando al Redentor que vendría. Finalmente, casi todos pensaban que se trataba de una fábula. Cuando la apostasía de la Palabra de la gracia de Dios llegó a su colmo, y sólo Noé y su familia creían en ella, Dios envió el Gran Diluvio y sólo Noé y su gente, ocho personas, sobrevivieron.

Pero con el tiempo los descendientes de Noé tampoco perseveraron en la fe.

Entonces Dios escogió a Abraham, quien debería ser el precursor de Su pueblo escogido, los israelitas. Esto pasó casi 2000 años antes del nacimiento de Cristo. Dios tuvo la intención de preservar su Palabra revelada por medio de Su pueblo, y hacer que naciera entre ellos el Redentor que salvaría al hombre de la maldición del pecado, trayendo una bendición eterna. Esto se expresa en la Palabra de Dios a Abraham. ‘En tu Simiente [Cristo] serán benditas todas las naciones de la tierra.’ Esto quiere decir que la Simiente de la Mujer que fue prometida en el Paraíso, sería descendiente de Abraham. Dios repitió la misma promesa al hijo y nieto de Abraham, a Isaac y Jacob. Entre los doce hijos de éste, fue Judá quien heredaría la promesa. ‘Judá, te alabarán tus hermanos;… No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos’ (Génesis, 49.8-10.) Ésta es la elaboración más definida de la promesa del Salvador, dada por un Dios de misericordia, inmediatamente después de que el hombre cayese en el pecado. Sí, buen lector, los creyentes de los primeros tiempos anhelaban al mismo Salvador que nosotros. Con anhelo esperaban Su venida.

MIÉRCOLES

Aconteció aquella noche, que vino Palabra del SEÑOR a Natán, diciendo. Ve y di a mi siervo David. Cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré Su reino. Él edificará casa a Mi nombre, y Yo afirmaré para siempre el trono de Su reino. (2 Samuel, 7.4-5, 12-13)
David, a quien el profeta Natán dirigió esta Palabra del Señor, vivió mil años después de Abraham. Fue el padre de la tribu de Judá, y era rey en Israel. Dios le dijo que después de Su muerte le levantaría Simiente, y que establecería para siempre el trono de ese heredero. Esta simiente o heredero de David, que sería un Rey Eterno, no es otro sino Jesucristo.

Así entendía también David la profecía, pues leemos. ‘Y entró el rey David y se puso delante de Jehovah, y dijo, Señor Jehovah, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, SEÑOR, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jehovah? ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo? Pues tú conoces a tu siervo, SEÑOR.’ (2 Samuel 18-20.) En muchos de sus Salmos, David, por inspiración del Espíritu Santo, profetizó acerca del Mesías que sería su hijo, hecho asimismo confirmado por los Profetas.

Isaías, hablando del porvenir, dice, ‘Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. La inmensidad de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto’ (Isaías, 9.6, 7.) Y Jeremías. ‘He aquí que vienen días, dice el SEÑOR, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En Sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán. El SEÑOR, Justicia Nuestra’ (Jeremías, 23.5-6.) También Ezequiel. ‘Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un sólo pastor’ (Ezequiel, 37.24.)
Por esta razón entre los israelitas el Mesías o Cristo prometido fue generalmente conocido como ‘el Hijo de David’, como se lee en el Nuevo Testamento.
Así después del tiempo de Eva, Abraham recibió la Promesa; y después de él, Judá, y luego David. Y han pasado siglos desde el día en que se cumplió esa promesa y nació en Belén aquel prometido Hijo de David, a quien los Patriarcas y Profetas esperaron por tanto tiempo.

Continúa...

JUEVES
¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo, mas las señales de los tiempos no podéis. (Mateo, 16.3)

En cierta ocasión, Jesús usó estas palabras para reprender a los Fariseos y a los Saduceos, cuando le exigieron que probara por una señal especial que Él era el Mesías prometido. Tal vez nos preguntamos por qué esta exigencia merecía una reprensión. Y fue así porque los Profetas ya habían predicho las señales que identificarían al Cristo; y estas señales se cumplían ahora ante sus ojos.

Observemos algunas. Jacob, cuando agonizaba, profetizó. ‘No será quitado el Cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos’ (Génesis 49.10.) Como los Romanos gobernaban entonces la tierra, y los dirigentes Judíos dependían totalmente de ellos, aquel era el tiempo para que el Cristo viniera.

El profeta Isaías profetizó que el Cristo no surgiría en esplendor real, sino que sería más bien pobre, e insignificante, y aparecería en un tiempo cuando los herederos de David ya no gobernarían. En su capítulo 53 leemos. ‘Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.’ Y cuando Jesús nació, los hijos de David ciertamente eran pobres e insignificantes.

El magnífico templo que Salomón había edificado era el orgullo del pueblo Judeano, pero Nabucodonosor, rey de Babilonia, lo había destruido. Después se construyó otro, aunque no tan espléndido como el primero, por lo cual los que habían visto el primer templo lloraron al verlo. Sin embargo, Hageo los consoló, diciéndoles, ‘La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera’, porque Cristo, el Deseado de todas las Gentes, entraría en ese templo. Lo hizo, y lo llamó la Casa de Su Padre.
En el capítulo 40, el profeta Isaías predijo. ‘Voz que clama en el desierto. Preparad camino a Jehovah; enderezad las sendas en la soledad a nuestro Dios.’ El profeta Malaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento, escribió. ‘He aquí, yo envío Mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el Ángel del Convenio, a quien vosotros deseáis’ (Malaquías, 3.1.) Y en el cuarto capítulo, versículo 5. ‘He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día del SEÑOR, grande y terrible.’ - Así, en el tiempo en que los adalides Judíos exigían de Jesús una señal precisa, Juan el Bautista comenzaba su misión en la tierra de Israel. Habían pasado 400 años desde que había quedado enmudecida la voz profética. Juan fue un Profeta en el espíritu y el poder de Elías, y grandes multitudes se reunían para oírle. Predicó el arrepentimiento y lo proclamó para que todos oyeran que el Salvador estaba entre ellos, cuando dijo, ‘He aquí el Cordero de Dios, que lleva sobre Sí el pecado del mundo’ (Juan, 1.29.) Así que el tiempo para que apareciera el Salvador había llegado, y Jesús, poderoso en Palabra y Obra, fue ese Salvador y el Mesías prometido. ¿Se necesitaba otra señal?

VIERNES

Y estando juntos los Fariseos, Jesús les preguntó, diciendo. ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron. De David. Él les dijo. ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo. Dijo el Señor á mi Señor. Siéntate á mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es que es su hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más. (Mateo, 22.41-46)

Los Profetas del Antiguo Testamento también dan respuesta precisa a la pregunta. ¿Quién será el Cristo prometido?

En primer lugar, aprendemos de sus profecías que el Cristo sería un hombre. Debería ser la Simiente o descendiente de una mujer, de Abraham, de Judá y de David. Como hijo del último, debería nacer en el pueblo natal de David, Belén. El profeta Miqueas escribió. ‘Pero tú, Belén Ephrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será SEÑOR en Israel’ (5.2.) Además, el Mesías debería nacer de una Virgen, como lo predijo Isaías. ‘Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel’ (7.14.) Todos ellos indican que Cristo el Redentor sería un hombre. Los Fariseos también lo creían, porque a la pregunta de Jesús. ‘¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?’ respondieron: ‘De David.’

Su respuesta era correcta, mas no completa. Por eso, el Señor hizo una segunda pregunta. ‘¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo, Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a Mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es que es su hijo?’ En verdad, ¿cómo es posible?

Los Profetas también responden esta pregunta. Cuando David recibió la profecía sobre su Gran Hijo, el profeta le aseguró que su trono sería establecido para siempre (2 Samuel, 7.16.) La profecía de Isaías es aún más concreta; ‘Porque un Niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre Su hombro; y se llamará Su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz… sobre el trono de David y sobre su reino… para siempre’ (Isaías, 9.6,7.) Jeremías escribe acerca de él. ‘Este será Su nombre con el cual le llamarán. Jehovah, Justicia Nuestra’ (Jeremías, 23.6.) Escucha la profecía de Malaquías; ‘He aquí, yo envío Mi mensajero, el cual preparará el camino delante de Mí; y vendrá súbitamente a Su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el Ángel del Convenio, a quien vosotros deseáis. He aquí viene, ha dicho Jehovah de las Batallas’ (3.1.) Y en el capítulo 48 de Isaías leemos; ‘Óyeme, Jacob, y tú, Israel, a quien llamé. Yo mismo, Yo el primero, Yo también el postrero. Mi mano fundó también la tierra, y mi diestra midió los cielos; al llamarlos Yo, comparecieron juntamente… Acercaos a Mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba Yo; y ahora me envió el SEÑOR, y Su Espíritu’ (Isaías, 48.12-13, 16.) Aquí el Cristo venidero se designa a sí mismo como el Dios todopoderoso. Así, como lo escuchamos, los Profetas dicen que Cristo es Verdadero Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo. Pero también dicen que es Verdadero Hombre, un heredero de David que nace de una virgen.

SÁBADO

No diciendo nada fuera de las cosas que los Profetas y Moisés dijeron que habían de venir. Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y á los Gentiles. (Hechos, 26.22,23)

Éstas eran las palabras que el apóstol Pablo habló en presencia de Festo, el gobernador, y Agripa, el rey de Judea, cuando se le pidió explicar su doctrina de Cristo. Pablo insistía que todo lo que había enseñado acerca del sufrimiento y la resurrección de Cristo, ya lo habían predicho los Profetas. Reflexionaremos sobre algunas de estas profecías que presentan la redención obrada por Cristo.

Recordemos que en el Huerto del Edén el Señor dijo al Diablo, oculto en la serpiente, que la Simiente de la Mujer aplastaría su cabeza, pero que el diablo a la vez le heriría en el talón (Génesis 3.15.) La profecía prefigura el sufrimiento y la muerte por los cuales Cristo nos salvó del poder del Infierno. Hay un ejemplo de esto en la ofrenda por el pecado, centro del culto del Antiguo Testamento, tal como Dios lo encomendó a los Hijos de Israel por medio de Moisés. En un acto típico se imponían los pecados de los culpables sobre la cabeza de la víctima en el sacrificio. Luego moría y Su sangre se derramaba en el Santuario de Dios: y así los pecados del pueblo se expiaban, y Dios era reconciliado. El ritual del Santuario Levítico prefiguraba la Sangre de Jesucristo que nos limpia de todo pecado.

El mismo Hijo de Dios, hablando por boca del profeta Isaías dice, ‘Jehovah el Señor Me abrió el oído, y Yo no fui rebelde, ni Me volví atrás. Di Mi cuerpo a los heridores, y Mis mejillas a los que mesaban Mi barba’ (Isaías 50.5,6.) Y el mismo Hijo de Dios, hablando en profecía, dice a través de David en el Salmo 22. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué Me has desamparado? … Mas Yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y desecho del pueblo. Todos los que Me ven me escarnecen; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo. Se encomendó a Jehovah; líbrele él; Sálvele, puesto que en Él se complacía. … Como un tiesto se secó Mi vigor, y Mi lengua se pegó a Mi paladar, y Me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros Me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron Mis manos y Mis pies. Contar puedo todos Mis huesos; entre tanto, ellos Me miran y Me observan. Repartieron entre sí Mis vestidos, y sobre Mi ropa echaron suertes.’

¿No puedes ver delante de ti al Cristo Crucificado en este Salmo? Fue escrito mil años antes del evento que describe. Procederemos sobre ello mañana.

CUARTA SEMANA DE ADVIENTO
DOMINGO

Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los Profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían. (Lucas, 24.27)

Jesús hizo esto por Sus escogidos. Pero ésta no fue la única ocasión; lo hizo con frecuencia. También fortalece nuestra fe saber que los profetas del Antiguo Testamento hablaron de Cristo y escucharon Su Palabra. Esta semana deseamos considerar, en estos días que aún restan hasta la Navidad, algunas de las profecías del Antiguo Testamento.

La profecía más extraordinaria acerca del sufrimiento de Cristo se halla en el capítulo 53 del profeta Isaías. Allí se nos dice del Señor, ‘No hay parecer en Él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehovah puso sobre Él el pecado de todos nosotros. Angustiado Él, y afligido, no abrió Su boca; como Cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de Sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió Su boca.’
Entonces, en medio de esta oscuridad, nos alumbra la profecía de la resurrección de Cristo. ‘Por cárcel y por juicio fue quitado; y Su generación, ¿quién la contará?’
Mas inmediatamente el Profeta vuelve al sufrimiento del Redentor. ‘Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos Su sepultura, mas con los ricos fue en Su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en Su boca. Con todo eso, el SEÑOR quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.’
Y el Profeta también nos dice por qué sucedió todo esto. ‘Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá progenie, vivirá por largos días, y la voluntad del SEÑOR será en Su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de Su alma, y quedará satisfecho; por Su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó Su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.’
Lector, si no supieras que el profeta Isaías, que nació unos 800 años antes del nacimiento de Cristo, fue quien testificó lo dicho, ¿no supondrías que uno de los Apóstoles o Evangelistas, testigo de la Pasión y muerte, fue quien lo había escrito?
También recuerdas que uno de los Apóstoles, Judas, fue quien entregó a Jesús a Sus enemigos por treinta piezas de plata. Luego, con angustia y desesperación, echó el dinero en el templo y se ahorcó. Los sacerdotes usaron los fondos, y compraron con ellos el terreno de un alfarero, para sepultura de extraños. En el capítulo 11 del Profeta Zacarías, los versículos 12 y 13, hallarás también esta profecía.

Qué admirable el modo en que Dios predestinó que todo lo que obraría en nuestra salvación, fuera previamente profetizado con tanta nitidez, y que luego, en la plenitud del tiempo, que todas estas profecías se cumplieran con tanta fidelidad.

LUNES

Al SEÑOR he puesto siempre delante de mí; Porque está a Mi diestra, no seré conmovido. Se alegró por tanto Mi corazón, y se gozó Mi gloria; también Mi carne reposará segura; Porque no dejarás Mi alma en el sepulcro, Ni permitirás que Tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; En Tu presencia hay plenitud de gozo; Deleites a Tu diestra para siempre. (Salmos, 16.8-11)

Lector, quien habló estas palabras demuestra una poderosa confianza en Dios. Considera atentamente lo que dice. Afirma que Dios está a Su Diestra, y que por este motivo no sufrirá ningún daño definitivo. Además, aunque muera, todavía tiene esperanza; porque Su cuerpo reposará seguro y Dios no lo abandonará en la muerte; ni siquiera permitirá que la corrupción toque Su cuerpo; por el contrario, la senda de la vida será franca y Dios le dará plenitud de gozo para siempre.

¿Quién será el que tiene tal confianza, inquebrantable, en Dios? ¿Será David? Por cierto, él escribió el Salmo del cual se toman estas palabras. Pero ¿podría David decir que Dios no permitiría que su cuerpo viera corrupción en el sepulcro? ¿Acaso no se consumen todos los hombres, una vez muertos? Durante mil años después de Su muerte fue célebre la sepultura de David; así, más allá de cualquier fama, el cuerpo de David estaba sujeto a la corrupción.

¿Cómo pudo David expresar tales pensamientos? En primer lugar, David fue un Profeta. Además, él sabía que Cristo, el Mesías, el Redentor del mundo, sería su hijo, su descendiente. Así, David, hablando por el Espíritu de profecía, realmente se refería a Cristo en este Salmo. Reveló que Cristo no sería abandonado por su Padre celestial ni siquiera en la muerte; que Su cuerpo extinto, contrariando a la naturaleza, no se corrompería, mas resucitaría. En realidad, es Cristo quien habla a través de David en este Salmo, y el Espíritu Santo hizo que el rey expresara estas palabras por escrito.

Esta es, pues, una profecía de la resurrección de Cristo. Si lees Hechos 2.22-23, verás que Pedro también la proclama, citando, como prueba, este Salmo. Y en el capítulo 13 de Los Hechos (versículos 35-37) San Pablo dice lo mismo.

Lo ves, no sólo se profetiza en las Escrituras el sufrimiento y la muerte de Cristo como nuestro Substituto, sino también Su gloriosa resurrección. Esto es substancial, pues, como escribió el Apóstol Pablo a los Corintios, ‘Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron’ (1 Corintios, 15.17,18.) En verdad, un Salvador muerto, Él mismo vencido por la muerte, no nos redimiría de la muerte. Mas de hecho Cristo ha resucitado de la muerte como había profetizado, hablando por boca de David. Conquistó el pecado, la muerte y el infierno. Tenemos un Salvador vivo y vencedor. Bendigamos el Nombre de Dios.

MARTES
Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres; y también para los rebeldes. (Salmos, 68.18)

Los Profetas predijeron que Cristo sufriría y moriría por nuestros pecados. Y que resucitaría triunfalmente de entre los muertos, como ya lo hemos señalado. Pero además profetizaron que Cristo ascendería al cielo por nosotros, y que tendría sede a la Diestra de Dios, enviándonos Sus dones, dando poder a nuestra salvación. Deseamos, hoy, considerar esas profecías.
En nuestro texto David habla del Cristo venidero. ‘Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad.’ Es como si dijera; ‘Tú, el Cristo y Dios de Israel, has conquistado y llevado cautivos a los que nos mantenían en cautividad, el pecado, la muerte, el infierno y la condenación; has ascendido al cielo en triunfo, para allí anunciar Tu victoria y recibir la aprobación del Padre sobre ella.’ Algo semejante leemos en el Salmo 47; ‘Subió Dios con júbilo, el SEÑOR con sonido de trompeta. Cantad a Dios, cantad; Cantad a nuestro Rey, cantad.’

Otra profecía afirma que Dios no rehusará reconocer la victoria de Cristo, mas le dará Su plena aprobación. Escuchemos la profecía de David sobre el asunto. ‘El SEÑOR dijo a Mi SEÑOR; Siéntate a Mi diestra, hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies.’ (Salmos, 110.1.) No sólo exaltará el Padre al Salvador invicto a una posición de honor en los cielos, sino que obligará a todos Sus enemigos al reconocimiento de esta, Su victoria sobre ellos. Lo confesamos en el Credo Apostólico, al decir. ‘Subió al cielo, y está sentado a la Diestra de Dios Padre Todopoderoso.’

¿Pero qué quiere decir David cuando dice, ‘Tomaste dones para los hombres’? David aquí habla en principio del don del Espíritu Santo, porque los Profetas predijeron que después del triunfo de Cristo, el Espíritu Santo sería derramado sobre los creyentes con señales y maravillas visibles. Así Dios, hablando por el Profeta Joel, dice. ‘Y después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.’ (2.28.) Y en el capítulo 12 de Zacarías se rinde; ‘Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración.’ En el capítulo 2 de los Hechos hay un relato del cumplimiento de esta profecía en el día de Pentecostés. (Otras profecías acerca del don del Espíritu Santo; ver Isaías, 32.15; 44.3; Jeremías, 31.31-34; Ezequiel, 11.19; 36.27; 39.29.)

Amigo mío, el don del Espíritu Santo es un don precioso de Dios, y es Cristo quien nos lo ha procurado, porque es por el Espíritu Santo que creemos en Jesucristo como nuestro Salvador; y es por el Espíritu Santo obrando en los Medios de Gracia como Él viene a nosotros en fe, ministrándonos; sí; y así permanecemos en Él, y así, finalmente, estaremos con Él para siempre.

MIÉRCOLES
En el año que murió el rey Uzías yo vi al SEÑOR sentado sobre un trono alto y sublime, y Sus faldas llenaban el templo. Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo. Santo, santo, santo, SEÑOR de las Batallas; toda la tierra está llena de Su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. (Isaías, 6.1-4)

Aquí se nos dice lo que vio Isaías en una visión especial del Señor de las Batallas. Examinemos con cuidado a Quién vio Isaías en tal circunstancia. Como proclamaron los serafines, Isaías vio al Señor Todopoderoso, al Dios de Israel, cuyas manifestaciones y revelaciones prodigiosas al pueblo se han registrado en el Antiguo Testamento. Él habló por los Profetas; a Él adoraba Israel; en ciertas ocasiones, de modo visible, colmó el Santuario y el Tabernáculo con una Nube, manifestando así Su presencia y Su gloria. Sacó a los Hijos de Israel de Egipto, y los condujo a través del desierto, llevándolos a la tierra prometida. Los guió por una Columna de Nube de día, y por una de Fuego de noche. Habló con Moisés, desde una zarza que ardía mas no se consumía, figura de Cristo, Dios en la carne. Fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Noé, rescatado del Diluvio, le presentó una ofrenda de acción de gracias; de hecho, fue el Verbo Divino quien habló con Adán y Eva en el paraíso terrenal. Ahora se manifestaba a Isaías.

Si abres la Santa Biblia en el Evangelio de Juan, leerás, en el capítulo 12, versículo 41; ‘Isaías dijo esto cuando vio Su gloria [de Cristo], y habló acerca de Él.’ Observemos esto. Juan allí habla de Jesucristo, y expresa que Isaías vio Su gloria en la visión mencionada por nuestro texto.
¿Qué significa esto? Jesucristo aún no había nacido en los tiempos de Isaías, y leemos que Isaías vio al Dios de Israel. ¿Cómo hemos de entender esto?
Jesucristo es Ieshah, el Dios de Israel, de quien habla el Antiguo Testamento. Jesucristo, el Hijo Eterno del Eterno Padre, es quien se hizo hombre en la plenitud del tiempo, y sufrió y murió como tu Substituto. Juan claramente lo afirma en su Evangelio. También Pablo, en 1 Corintios, 10.4-9; ‘Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la Roca espiritual que los seguía; y la Roca era Cristo.’ Y en el versículo 9; ‘Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes.’
En verdad, Cristiano, el Señor Jesús no es desconocido para ti, pues en el Nuevo Testamento lo recibes como ese Hombre que es Dios verdadero, en tanto, en el Antiguo Testamento, como al Dios que se hará Hombre para sufrir y morir en tu lugar. ¿No es cierto que Jehovah habla por el profeta Isaías y dice. ‘Di Mi cuerpo a los heridores, y Mis mejillas a los que mesaban Mi barba; no escondí Mi rostro de injurias y de esputos’? (Isaías, 50.5.)

JUEVES
Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel. (Isaías, 7.14)

En estos días que preceden la Navidad, discurriremos dos profecías relativas al nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Comenzaremos con la ya mencionada.
Acaz fue rey de Judá, y ofendió al Señor, porque siguió los vicios de sus vecinos paganos. Por ello el Señor lo entregó en manos de sus enemigos. Su ejército fue derrotado, y su país, oprimido.
En el tiempo cuando Rezín, rey de Siria, y Peka, rey de Israel, sitiaban a Jerusalén, el Señor dijo al Profeta Isaías. ‘Ve a Acaz y dile que no tema porque Jerusalén no será tomada… Pide al SEÑOR señal de que así será.’ Pero cuando Isaías dijo esto, el rey, incrédulo, fingiendo humildad, respondió. ‘No pediré, y no tentaré al SEÑOR.’ Isaías replicó, ‘Oíd ahora, casa de David. ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, sino que también lo seáis a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel… Porque antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada.’ En vez de confiar en el Señor, Acaz acudió al rey de Asiria para obtener ayuda. Así, el Profeta le dijo. ‘Jehovah hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días cuales nunca vinieron desde el día que Efraín se apartó de Judá, esto es, al rey de Asiria.’

¿Cómo debemos entender esta profecía? Al hablar al incrédulo Acaz sobre el prometido nacimiento del gran heredero de David, Emmanuel, (una promesa que ningún creyente israelita ponía en duda,) Isaías avergonzó al rey que buscaba socorro en los hombres, antes que en Dios. En efecto, le decía, ‘Acaz, ¿Cómo es que todos los fieles israelitas esperan ayuda del Cristo, que nacerá de una virgen, un descendiente de la familia de David, tu antepasado, mirando a Él para ser librados de todo mal de cuerpo y alma, y tú no crees que el Señor puede liberarte de la mano de tus enemigos?’

Cristiano, nuestro Emmanuel, Jesucristo, nació en cumplimiento de esta profecía. Y ha demostrado que es nuestro Redentor y Socorro. Apreciemos siempre la promesa de la gracia de Dios en Aquel que nació de una Virgen, en esta vida presente y especialmente en la hora de nuestra muerte. El que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, cómo no nos dará juntamente con Él todas las cosas en Su misericordia - todo lo que es de nuestra salvación.

VIERNES
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. La inmensidad de Su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre Su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto. (Isaías, 9.6-7)

Isaías, inspirado por el Espíritu Santo en su profecía, habla de luz en medio de las tinieblas, de gozo donde hay tristeza, de libertad en la esclavitud, y atribuye todo esto a un niño, un hijo que nace para gobernar sobre el trono de David.

Este niño que nace para nosotros, este hijo que nos es dado, es nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Trae luz a este mundo en tinieblas de pecado y de muerte; gozo a los abatidos, libertad de la Ley de Dios, que demanda y condena.

El niño tiene el gobierno sobre sus hombros; Su bendita autoridad y reinado sobre nosotros fue aprobado por Dios y confirmado por Él. Él es nuestro verdadero Príncipe y Rey.

Su nombre, que indica Su carácter y habilidad, es Admirable. En Él, Dios, al nacer de una virgen, se hizo hombre. Con Sus milagros Jesucristo probó ser el Hijo de Dios y el Cristo prometido. En forma prodigiosa nos redimió con Su sufrimiento y muerte, Su resurrección y ascensión como nuestro Substituto. También se llama Consejero. Es la personificación de la sabiduría perdurable que, de toda eternidad, estuvo junto el Padre en comunión con el Espíritu Santo, en aquel sacro consejo de redención donde Él convino expiar el pecado del mundo y glorificar a Sus elegidos. Con el tiempo, Él mismo perfeccionó Su parte en el convenio, sellando el testamento con Su sangre. Tú siempre estás en Sus propósitos y bajo Su cuidado. Afiánzate en Él, y a Su Palabra, y te conducirá al hogar en la Jerusalén de arriba.

También se lo caracteriza como DIOS FUERTE, porque nada es imposible para Él, y Él es nuestro amparo. PADRE ETERNO es otro de sus nombres, porque Él, junto con Su Padre y el Espíritu Santo, ES desde la eternidad y hasta la eternidad; es el Creador de todo lo que existe. El texto de los LXX lo llama ÁNGEL DEL GRAN CONSEJO, recordando Su participación en el Convenio divino; y, por Su obra Expiatoria y Su sacrificio perfecto, Cristo nos reveló a Dios como a un Padre amoroso, y a nosotros como a Sus amados hijos. También lleva el título de Príncipe de Paz. Estableció la paz entre Dios y los hombres. Dios da esta paz a Sus creyentes durante sus vidas en este mundo, y revela la condición eterna de plena bienaventuranza cuando, en comunión con todos los elegidos de Dios, nos descubriremos en el Reino de Gloria.

Este Niño es el Hijo prometido de David, quien ejerce un gobierno justo y eterno, un reino sagrado en el cual todos Sus creyentes tendrán eterna comunión.

MEDITACIONES DE NAVIDAD. LA SEMANA DE NAVIDAD.
24 de diciembre

He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel. (Isaías 7.14)

El Jueves pasado meditamos sobre esta profecía. Hoy observaremos su cumplimiento. ¿Dónde estará el Cristiano que esta Noche no se deleite en cavilar sobre el cumplimiento de esta Palabra?

Cuando llegó el tiempo que Dios había predestinado en Su eterno consejo, envió al Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth. Allí vivía una virgen, descendiente del rey David, llamada María. Ella estaba comprometida en matrimonio con un varón de nombre José, un carpintero, también descendiente de David. El Ángel le dijo. ‘¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo.’ — María se perturbó por estas palabras y se preguntaba qué clase de cortesía sería ésta. - Mas el Ángel le dijo; ‘María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás Su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David Su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendrá fin.’ - Luego María preguntó al Ángel; ‘¿Cómo será esto? pues no conozco varón.’ El Ángel le respondió; ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra; por lo cual lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios… porque ninguna cosa es imposible para Dios.’ — María respondió; ‘He aquí a la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu Palabra. Y el Ángel se fue de su presencia.’ (Lucas, 1.28-38.)

José, el desposado de María, no conocía de esta visita del Ángel en casa de María. Sin embargo, al pasar el tiempo, fue evidente que ella estaba encinta. José tuvo gran aflicción por esto. Y como era un hombre justo, pero también piadoso, no quería exponerla públicamente conforme a la Ley de Moisés, mas dejarla, de un modo que sorteara el escándalo. ‘Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo. ‘José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque LO que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás Su nombre JESÚS, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados.’ Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo. He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás Su nombre Emmanuel, que traducido es; Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Mas no la conoció; y ella dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.’ (Mateo, 1.18-25.)

Cristiano, sin duda, éste es el milagro más grande que jamás haya ocurrido - la Encarnación del Hijo eterno de Dios. El Profeta lo predijo y el Evangelista y el Apóstol testifican que así sucedió, y toda la Cristiandad acepta este testimonio. ¡No permitas que nadie, jamás, te haga dudar de ello! Mira a Jesús como Él se revela en Su Palabra, y así siempre sabrás que Él es, en verdad, el Milagro de los siglos. Al verlo en Su Palabra, Él dominará tu corazón, y tú, como Tomás, te postrarás ante Él en adoración, en Palabra y Sacramento, saludándolo como tu Señor y tu Dios.

A fin de que esto te sea revelado, por la gracia de Dios, en las próximas semanas se te expondrá el retrato que los Evangelios pintan de Jesús.

DÍA DE LA NAVIDAD - 25 DE DICIEMBRE

No temáis; porque, he aquí, os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. (Lucas, 2.10-11.)

Es propio que consideremos el nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo en el día que en que esto se celebra. — César Augusto había decretado un censo en todo el mundo romano. Cada cual debía presentarse para que su nombre fuera inscripto en el Acta de los que pagarían impuestos. Era la primera vez que una potencia extranjera imponía esa clase de impuesto en tierra de Israel. Éste, entonces, fue el tiempo del cual Jacob había profetizado que Shiloh, o sea, el Cristo prometido, vendría: Aquél a quien se debía todo tributo. (Génesis, 49.10.) Obedeciendo el decreto del César, cada hombre en la tierra Judeana, ahora una provincia de Roma, volvía al lugar de origen de su familia, donde se archivaban los registros.

Posiblemente fue el emperador, o uno de sus consejeros, quien tuvo la iniciativa de este censo; y nadie siquiera imaginaba que Dios utilizaba esta orden para Sus propios propósitos; que el Cristo naciera en Belén, como lo había profetizado Miqueas en el capítulo cinco de su Libro. Es cierto, José y María, de quienes oímos ayer, moraban en Nazareth de Galilea; pero al ser ambos herederos de David, debían regresar a Belén para el censo. Lo hicieron, y estando allí llegó el tiempo de que María diera a luz. ‘Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.’ (Lucas, 2.7.)
‘Había pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Y esto os será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre. Y repentinamente fue con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, que alababan á Dios, y decían: Gloria á Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.’ (Lucas 2.1-14.)
Para ti también nació el Salvador, querido amigo, y el anuncio de Su nacimiento también es para ti. El Gran Señor del cielo se hizo hombre por ti, así como eres tú, un pobre pecador. Él es tu Salvador, tu Redentor, y quiere ser tu amado Jesús. Mira cómo viene a esta tierra; no con poder para consternación, sino como un Infante acostado en un pesebre. Y si lo recibes como tu Salvador, ya no volverás a temer — ya sea por tu pecado y culpa, por la muerte y el Juicio Final, — sabiéndote a salvo del Infierno y la condenación. Porque Él se ha hecho cargo de todo esto, y te guarda y te protege de todo mal. ¡Regocíjate en Él, mi hermano en la fe! Dios mismo te convoca á hacerlo.

26 de diciembre
Pero el ángel les dijo. No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal. Hallaréis al Niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. (Lucas, 2.10-12.)

Como advertimos ayer, el ángel del Señor habló estas palabras a los pastores en el campo próximo a Belén. Pero no estaba solo; un gran ejército Angélico lo acompañaba cantando un Himno de alabanza. —
¿Y cuál fue la reacción de los pastores ante el mensaje del ángel? Lucas dice, ‘Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros. Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.’ Esta gente piadosa se regocijó grandemente con el mensaje del ángel, y deseaba ver al Cristo y Salvador aguardado por tan largo período, y cuyo nacimiento ahora se anunciaba de modo tan admirable. ‘Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.’ No se ofendieron porque el niño fuera pobre y yaciera en un pesebre. ¿No fueron éstas las señales por las que identificarían al niño al cual tanto deseaban ver? Y su fe se fortaleció al ver al Infante y las circunstancias que rodeaban Su nacimiento; de modo que así adoraron a Cristo el Señor. — Los humildes hechos, tales como los presenciados en el establo, eran convenientes para Aquél que iba a asumir la pena y la maldición del pecado, esto es, sufrir y morir en lugar del hombre. Querido Cristiano, tú también debes recordarlo, y nunca ofenderte por la humildad de tu Salvador; por lo contrario, debes reconocer en ello la señal de que Él es, verdaderamente, el Salvador. Mira con ternura a ese Niño en el pesebre, como lo hicieron los pastores.
‘Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del Niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.’ (Lucas, 2.17-20.)

Puedes aprender de esto cómo celebrar la Navidad. Primero, guarda como un tesoro las palabras acerca de este Niño en tu corazón, y medita en ellas, como lo hizo María. Toda la Escritura trata de Jesús. Así, lee, estudia y escudriña con diligencia el Santo Escrito. De este modo se afianzará tu fe en Jesús, cada vez con mayor consistencia en tu corazón, y traerá frutos de gozo y salud. (Y al hacerlo, asegúrate de estar leyendo una fiel traducción de la Escritura.)

En segundo lugar, cuando hayas reconocido que Jesús es tu amado Salvador, anuncia Su Palabra para que muchos puedan escuchar el Evangelio de salvación que tienen en Cristo Jesús. No pienses que este encargo se circunscribe a los Ministros. Los pastores de Belén lo hicieron sin dejar su labor. Haz lo mismo. Algunos se maravillarán por tus palabras, y tal vez las cavilen en su corazón.
Finalmente, en tus faenas, o dondequiera que te halles, bendice a Dios por todo lo que oyes y recibes por el Niño de Belén. Así es como se celebra cabalmente la Navidad.

27 de diciembre
Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido dado por el ángel antes que fuese concebido. (Lucas, 2.21)

Durante los días que quedan de la semana de Navidad, queremos considerar lo que las Escrituras nos anuncian de la infancia de Jesús. Lo primero que leemos es que el Niño santo fue circuncidado al octavo día, y que se le dio el Nombre de Jesús.

¿Qué es la circuncisión? - Dios había prometido a Abraham y sus sucesores que Él sería su Dios, que les daría Su Palabra, y que finalmente enviaría, para nacer entre ellos, a Cristo, el Salvador del mundo. Dios prometió que a todo el que recibiera esta promesa con fe, esta fe se le imputaría por justicia. Esto significa que el creyente recibiría el perdón de pecados por el Salvador venidero, en quien confió. La señal de este convenio era cortar el prepucio a todo varón que naciera en Israel. Debía comenzarse con Abraham, y cumplirse en todos sus descendientes. En la circuncisión Dios traía a Su pueblo su convenio de gracia, y lo sellaba. Así Israel ingresaba al Convenio establecido por Dios, y por fe recibía Su gracia. Esto significaba la circuncisión.
¿Por qué fue circuncidado el niño Jesús? Después de todo, la circuncisión se instituyó para pecadores que necesitaban del perdón que Dios dio en Su misericordia. Sin embargo el niño Jesús no sólo fue concebido y nació sin pecado, — porque fue concebido por el Espíritu Santo, — sino que, a la vez, era el Mesías, el Cristo, por quien Dios brindaba Su gracia por la circuncisión de la carne. ¿Por qué, preguntamos, fue circuncidado el niño Jesús?

Primero, porque cuando nació lo hizo como un israelita; y fue circuncidado por esa razón. Segundo, fue un hijo de Adán, como leemos en Lucas; y sin embargo, según lo dice Pablo en Hebreos, no había pecado en Él. Recordemos esto: por la Misericordia divina Él debía llevar los pecados del mundo. En la circuncisión inauguraba Su obra de expiar o redimir la deuda del pecado del mundo, derramando Su sangre como Substituto de pecadores. Esto significa que Él vivió una vida perfecta en tu beneficio, y al morir como el inmaculado Cordero de Dios como rescate por el pecado y la muerte, te llama a ser salvo solamente por gracia, por la fe, y no por obras muertas. Si crees, tu fe, como la de Abraham, es imputada a justicia, y tus pecados te son perdonados. ESTO SE LLAMA JUSTIFICACIÓN. Justificación y fe no pueden dividirse; son una, así como Cristo y Fe también son uno. La Sagrada Escritura no conoce Justificación alguna ‘antes, sin, o aparte de la fe.’ Cuídate, pues, de los lobos vestidos de ovejas, que pretenden distorsionar esta bendecida doctrina.
Por eso, al circundarse, se le dio el nombre de Jesús, conforme al mandato del ángel; y, otra vez, recordémoslo, el nombre JESÚS significa Salvador. Todo lo que Él dijo, hizo; todo aquello a lo que se sometió tuvo el designio de salvarnos, — y esto incluye Su circuncisión.
Cree en este Niño Jesús, con fe salvadora, como tu Redentor; tú, hombre impío: y ámalo en tu corazón. Alaba su Nombre Santo y poderoso mientras vivas, y así vivirás bendiciéndole para siempre en Su presencia en la Casa del Padre. Glorifiquemos a Dios. Amén.

28 de diciembre
Y cuando se cumplieron los días de la purificación, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor… y para dar la ofrenda, conforme a lo que está dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas, o dos palominos. (Lucas, 2.22-24)

En el antiguo Israel, cuando una casada daba a luz a su hijo primogénito, debía permanecer en el hogar durante cuarenta días. Luego, iría al Santuario, junto con su esposo y el niño. Allí presentaría un cordero de un año, y una paloma, como holocausto y ofrenda por el pecado y para purificación de la culpa obtenida por el nacimiento de otro pecador al mundo. Si los padres eran indigentes, podrían presentar un substituto de dos tórtolas o palomas (Levítico 12.) El otro acto intimado a los padres, era que se presentase el niño al Señor y se lo redimiese con el pago de cierta suma. Esto les recordaría que el Señor había salvado a los primogénitos de los Hijos de Israel cuando exterminó a los primogénitos de los Egipcios (Éxodo, 13.) Esta exoneración además denunciaba el hecho de que el niño había sido concebido y nacido en el pecado, y requería ser redimido.
José y María cumplieron estos ritos cuarenta días después del nacimiento de Jesús. Lo hicieron como Israelitas piadosos, pues era lo prescripto por la Ley de Moisés. El sacrificio de las palomas fue una sombra que anticipaba el Sacrificio de Cristo. El precio de la redención presagiaba Su sufrimiento y muerte en beneficio de pecadores. - Pero ¿por qué se hicieron estos rituales de purificación por el Santo Infante Cristo? Pues, porque Él es el Cordero de Dios que llevó el pecado del mundo. Él cumplió la Ley que nosotros no podemos cumplir en su perfección a fin de ser nuestra ofrenda por el pecado: para que nosotros, por fe en Su sangre, fuésemos perdonados y tenidos como justos, solamente por gracia.

Sabemos que así es por la Palabra de Dios a Lucas, que nos refiere el momento cuando se presentó al Infante Jesús en el Templo. ‘Y, he aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo, piadoso, esperaba la consolación de Israel [es decir, la venida del Cristo;] y el Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y vino por el Espíritu al templo. Y cuando los padres del niño Jesús le trajeron al templo, para hacer por Él conforme a la costumbre de la Ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo, Conforme a tu Palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has dispuesto en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y gloria de tu pueblo Israel’ (2.25-32.) Simeón habló otra palabra profética, también registrada por Lucas. ‘He aquí, Éste es puesto para caída y para salud de muchos en Israel, y como señal que será contradicha;’ y a María le dijo, ‘y una espada traspasará tu alma.’ De este modo profetizó que muchos se ofenderían por Jesús y lo rechazarían para su propio mal, en tanto otros confiarían en Él solamente por fe y se levantarían del pecado y de la muerte espiritual para heredar la vida eterna. En cuanto a la espada, se refería al amargo sufrimiento que padecería la virgen al pie de la Cruz de su Hijo, cuando Éste muriese.
Cristiano, el Señor Cristo está siempre tan cerca de ti como lo estuvo del viejo Simeón. Dondequiera que estén Su Palabra y Sus Sacramentos, Él también está presente, dándote el perdón de los pecados. Abrázalo en fe. Hazlo. Y si tienes a Aquél que expió por tu naturaleza pecadora, y por todas sus secuelas, resucitarás a vida eterna.

29 de diciembre
Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. (Mateo, 2.13)

Oímos ayer estas palabras de Simeón. Aquí nos dice que Jesús es el Salvador que Dios ha dispuesto en presencia de todos los pueblos, no sólo de los Judeanos, sino también de los Gentiles; para que Jesús fuera para ellos una luz en las tinieblas espirituales y la sombra de muerte, en la cual marchaban. Hoy consideraremos a los primeros Paganos, o Gentiles, que llegaron a la fe en Jesús.

Mateo informa en su Evangelio; ‘Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo. ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque Su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.’ — Esto parece haber ocurrido después que José y María volvieron a Belén desde Jerusalén. Los Magos, que vinieron del Oriente, pertenecían a una antigua fraternidad de sabios ó eruditos. Por ejemplo, el Profeta Daniel fue un destacado maestro en uno de esos grupos, cuando estaba en Babilonia, y es posible que a través de él se arraigara en Oriente el conocimiento del Hijo de David, del rey que nacería entre los Judeanos. Dios tuvo a bien señalar el nacimiento de Jesús con una Estrella en el cielo, algo que ante los Magos, quienes practicaban una ciencia antigua, escudriñando los astros, no podía pasar desapercibido. Así, un puñado de ellos, confiando en las profecías y señales de Dios, viajó a Jerusalén, inquiriendo por el rey recién nacido a los Judeanos.
‘Cuando Herodes el rey escuchó esto, se turbó, y toda Jerusalén con él. Y reunió a todos los Jefes de los Sacerdotes, y á los Escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Bethlehem de Judea: porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Bethlehem, en tierra de Judá, no eres la menor entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Capitán que pastoreará á Mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando a los Magos en secreto, les indagó, sin demora, cuándo había aparecido la Estrella. Y enviándolos á Bethlehem, dijo: Id allá, y preguntad con diligencia por el niño; y después que le hallareis, decídmelo, para que yo vaya, y también le adore.’ – Tal la hipocresía de Herodes.

Sigue el informe de Mateo. ‘Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la Estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al Infante con su madre María, y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes; oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por Dios, en sueños, que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra, por otra senda.’ (Mateo, 2.1-12)

30 de diciembre
Después que partieron ellos, he aquí un Ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo. Levántate y toma al Niño y a Su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al Niño para matarlo. (Mateo, 2.13)

Qué gran contraste con lo que leímos ayer. Entonces escuchamos que unos Gentiles vinieron del Oriente para adorar al niño Jesús: y hoy oímos que Herodes, el cruel Idumeo rey de los Judeanos, buscaba matarlo. El niño Jesús permitió que aquellos santos lo hallaran, mas Herodes no pudo descubrirlo — porque el Ángel del Señor le advirtió a José en un sueño, y le dijo que huyera a Egipto con el niño y Su madre. Lo hizo esa misma noche.
Herodes ideó un plan homicida tan pronto como los Magos le participaron del nacimiento de Cristo. Por esa razón les consultó diligentemente sobre el tiempo en que apareció la Estrella, y les pidió también que le notificaran cuando dieran con el Infante, diciendo que él también deseaba ir a adorarle. Pero Herodes, al verse luego burlado por los Magos, se enfureció. Como Mateo lo cuenta, ‘Se airó sobremanera, y mandó matar a todos los niños varones menores de dos años que había en Belén, y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.’ De este modo supuso que de seguro el niño Cristo moriría. En cuanto a los infantes que Herodes asesinó, el matar sus cuerpos estaba en su mano, pero no podía arrebatarles el espíritu. — Ellos fueron, de este modo, los primeros mártires Cristianos. Jeremías ya lo había predicho; ‘Voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que lamenta por sus hijos, y no quiso ser consolada por sus hijos, porque perecieron’ (Jeremías, 31.15.) - Aquí Raquel representa a todas las mujeres y madres de Belén, porque en ese lugar Raquel, esposa del patriarca Jacob, fue sepultada, después de morir al dar a luz a Benjamín.
Al final del capítulo segundo de Mateo, se nos dice que el Señor intervino otra vez luego de la muerte de Herodes. ‘Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo. Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; mas avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazareth, para que se cumpliese lo que fue dicho por los Profetas, que habría de ser llamado Nazareno.’

Lector, aquí ves cómo el mundo impío odia y persigue a Cristo en tanto Él lo confronta y lo sobresalta en sus obras de impiedad. Mas el mundo no le pudo dañar, hasta que ‘por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios’ Él mismo consintió que le llevasen a la muerte, como se lee en Hechos, 2.23. Puedes estar seguro que el mundo quiere tratar a los seguidores de Cristo de este mismo modo, y que así lo hace. — ¿Pero cuál es la consecuencia final? Cristo resucita del sepulcro y Asciende al cielo, para allí Reinar a la Diestra de Su Padre. Allí prepara lugar para todos los que le pertenecen. En cuanto al mundo hostil, a Él y a los Suyos, el veredicto final siempre es, ‘han muerto los que procuraban la muerte del Niño.’ ¿Cuál será su suerte entonces?

31 de diciembre
Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. (Lucas, 2.40)

Y descendió con ellos, y volvió a Nazareth, y estaba sujeto a ellos. Y Su Madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas, 2.51,52)
Aquí tienes lo que las Escrituras relatan sobre la vida de Jesús hasta que Él cumplió los treinta años, — a excepción de lo que hoy escribiremos. Es cierto, existen antiguos relatos, en los cuales se cuenta toda clase de hechos de la niñez y juventud del Señor Cristo. Estos son los llamados evangelios apócrifos, concebidos por embaucadores, y claramente reconocibles como tales. Aconsejamos no perder el tiempo con tales vanas leyendas.
El santo Infante creció desapercibido. Este niño único sirvió con humildad a Sus padres. Creció en sabiduría y estatura, y en favor con Dios y con los hombres. Mantuvo oculta Su naturaleza divina. No empleó la divina majestad conferida a Su naturaleza humana, desde que era Dios y hombre en una Persona. Se desarrolló como niño, y como adolescente, así como lo hacen los demás. Él, en quien moraba toda la plenitud de la Deidad corporalmente, ‘siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz’ (Filipenses, 2.6-8.) Dios en la carne, Cristo no utilizó Su majestad y poder durante Su ministerio en favor de la raza caída y para salvación de Sus creyentes. Ocultó Su gloria.
Hubo ciertos momentos cuando, de un modo similar al rayo solar que de pronto resplandece, fulgurando desde un velo de nubes, irrumpió la exhalación de Su majestad divina detrás del estado de humillación que Él voluntariamente adoptó por amor a nosotros.
En una ocasión los padres de Jesús, viajaron, como todos los años, a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, Él también comenzó a acompañarlos. Al fin de la fiesta y en tanto volvían a la casa, el niño Jesús se rezagó en Jerusalén; y esto lo ignoraban Sus padres - ya que suponían que estaba con otros peregrinos. Al fin de un día de viaje, sin embargo, comenzaron Su búsqueda. Como no le hallaron, volvieron a Jerusalén para indagar por Él. Al tercer día lo hallaron en el Templo, en medio de los Ancianos, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Y se nos dice que todos los que lo oían se maravillaban por Su perspicacia y Sus respuestas. Cuando Sus padres lo vieron se extrañaron. Su madre le dijo. ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces Él les dijo. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de Mi Padre me es necesario estar?’ (Lucas, 2.41-52.)

Lucas nos dice que ellos no sabían de qué Él les hablaba. - ¿Comprendes tú Su respuesta, buen amigo? Piensa en ello. Esta Palabra Suya fue ese rayo de majestad divina del Unigénito del Padre, que recién mencionamos. Sin embargo, de inmediato se ocultó otra vez detrás de la forma humilde del siervo de Dios que era, pues Lucas narra, ‘Y descendió con ellos, y volvió a Nazareth, y estaba sujeto a ellos.’ - Pero se nos dice que Su Madre meditaba todas estas cosas en su corazón. Haz tú lo mismo.

EL DÍA DE AÑO NUEVO
Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo. Quédate con nosotros. (Lucas, 24.29)

Al comenzar un nuevo año, como lo haces hoy, no te diferencias de aquel que emprende un viaje largo y arduo, con esperanzas de llegar con éxito a destino, pero a la vez reflexionando sobre temibles obstáculos que podrían tornar quimérica esa meta. Seguramente confías comenzar otro año, al final de éste. Sin embargo, sabes que habrá conflictos y hasta peligros que amenacen tu ventura temporal y eterna. Sí, hay muchas razones por las que debes arrojar todas tus ansiedades sobre el Señor.

Por cierto no quieres emprender el nuevo año como si fuera un juego azaroso; esto sería una necedad. Nuestro consejo es que vuelvas con fe a tu Salvador, quien es tu mejor amigo, y le implores que permanezca contigo durante todo este año, y para siempre.
Como sucedió el año pasado, también este padecerás dilemas diarios con el pecado. Es penoso, pero así es. No sugerimos que intentes seguir tu propio camino, que resultaría ser uno en el pecado. Eres, a fin de cuentas, un Cristiano y un hijo de Dios. Sin embargo, sigues siendo un pobre pecador. Por eso dijimos que tendrás conflictos con el pecado cada día. Incluso puede suceder que en la debilidad de tu carne y las incitaciones del diablo, de pronto, te veas envuelto en algún error inextricable. ¿Quién puede asegurar que esto no suceda? Luego viene la pregunta: ¿querrás persistir en ese pecado?
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Seguramente sabes que no podrás triunfar con tus propias fuerzas. Tampoco querrás que la culpa y la carga de tus faltas, que se multiplican incesantemente, te separen del amor de Dios. — Allí es donde entra el Señor Jesús, el que lleva tu pecado; y por ello te alentamos a volver a Él, especialmente en este primer día de un nuevo año (y, en realidad, todos los días,) rogando que permanezca contigo. Lo hará, con toda certeza, en respuesta a tus preces. Perdonará tus pecados, y con misericordia fortalecerá tu fe para que así te defiendas contra el error y los fraudes y agresiones del diablo. Velará por ti como tu Buen Pastor, porque Él ama a Sus ovejas.

Sabes que el camino de la vida es peligroso, como el comienzo de un nuevo año. Por otra parte, ni siquiera conjeturas los riesgos que te amenazan por el camino; y si piensas atravesarlo en soledad, no serás bendecido. Por la simple razón de ser Cristiano e hijo de Dios, el diablo es tu enemigo inexorable. Mayor motivo entonces, para pedir que Jesús permanezca a tu lado. Tú permaneces desde siempre en Su corazón. Entonces, no importa qué suceda, todo resultará para tu bien. La mano que fue clavada en la Cruz por ti, convertirá cada sufrimiento y adversidad en bendición. Y aunque fuera tu destino marchar por oscura sombra de muerte a lo largo de este año, no debes temer ningún mal, ya que tu Buen Pastor está contigo. Si llegaran tiempos de tristeza y de gemidos, te consolará con Su Palabra, llevará tu Cruz, aliviará tu carga, y con amor la quitará de ti, velozmente, para tu bien.

Por último, Cristiano, también sería posible que te hallaras con la muerte este año. Y después de la muerte viene el Juicio. ¿Y cuál será tu destino si tu Salvador y Abogado no está entonces contigo? - Con todas tus fuerzas ora con exaltación e insistencia, ‘¡Querido Jesús, permanece conmigo!’ Entonces ni la muerte ni el Juicio podrán hacerte daño alguno, y tu amado Señor te llevará a casa del Padre en los cielos.

‘¡Quédate conmigo, Señor Jesús!’ - Qué este ruego esté siempre en tus labios y en tu corazón; y así, y no de otro modo, tendrás un próspero año nuevo.

2 de enero

Voz que clama en el desierto. Preparad camino al SEÑOR; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.
(Isaías, 40.3.)

He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día del SEÑOR, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres. (Malaquías, 4.5-6)
Estos mensajes proféticos hablan de un Predicador y Profeta como Elías, que se adelantaría al Señor Cristo, preparando senda delante de Él. Hoy queremos hablar del maravilloso nacimiento de ese Predicador.
En el tiempo de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, y su esposa se llamaba Elizabeth. Eran rectos delante de los ojos de Dios, y observaban cabalmente los preceptos del Señor. Pero no tenían hijos. Sucedió que quince meses antes del nacimiento de Cristo, cuando Zacarías servía como sacerdote ante Dios y era su tiempo de quemar el incienso, un ángel del Señor vino a él. Zacarías, al darse cuenta, temió. Pero el ángel le dijo; ‘No temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elizabeth te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.’

Zacarías preguntó cómo podría estar seguro de esto, puesto que él y su esposa eran ancianos. El ángel respondió. ‘Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.’ — Mientras tanto, el pueblo esperaba a Zacarías e inquiría por qué demoraba tanto en el Templo. Cuando salió no les podía hablar. Reconocieron que había visto una visión, porque él les hacía señas, mas no podía hablarles. Cuando terminó el tiempo de su ministerio, volvió a casa.

Elizabeth dio a luz un hijo como el ángel le había dicho a Zacarías. Sus vecinos y parientes se regocijaron con ella, porque el Señor le había mostrado gran misericordia. Al octavo día, cuando era el tiempo de circuncidar al niño, se decidió darle el nombre Zacarías por su padre; pero su madre habló, diciendo. ‘No; se llamará Juan.’ Le dijeron, ‘No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.’ Entonces emplazaron al padre, quien pidió una tablilla, y para asombro de todos escribió. ‘Juan es su nombre.’ Al momento se abrió su boca y se soltó su lengua, y habló bendiciendo a Dios. Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo. ¿Quién, pues, será este niño?

Su padre fue lleno del Espíritu Santo y profetizó; ‘Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador en la Casa de David Su siervo, como habló por boca de Sus santos Profetas que fueron desde el principio; salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de Su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder, que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días de nuestras vidas. Y tú, niño, Profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la Aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz.’ (Lucas, 1.62-79)

3 de enero

Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel. (Lucas, 1.80)

Este niño, por supuesto, es Juan, de quien oímos tuvo el elevado destino de ser el Precursor y el Heraldo que prepararía el camino al Cristo. Se nos dice que vivió en el desierto, hasta que apareció públicamente a Israel. En esa soledad y aislamiento se preparaba a Juan para su futura vocación.

Luego, cuando tuvo unos treinta años, en el año quince del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilatos gobernaba Judea, y Herodes era Tetrarca en Galilea, y su hermano Felipe era Tetrarca en la región de Traconitis y Lisanias; y Anas y Caifás eran los Sumos Sacerdotes, por mandato de Dios, Juan dejó el desierto y llegó a la región por el río Jordán. Predicó bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, diciendo. ‘Arrepentios, porque el Reino de los Cielos se ha acercado.’ Su ropa estaba hecha de pelo de camello, y tenía un ceñidor de cuero. Su comida consistía en langostas y miel salvaje, como la de los Profetas del antiguo Israel.

Fue un poderoso Predicador de arrepentimiento, y proclamó con igual poder al Cristo que ya había venido, y que pronto aparecería públicamente. Lo hizo por mandato de Dios y administró el nuevo Sacramento, el santo Bautismo, mediante el cual se dio a los pecadores el Perdón en el nombre del Mesías. Su aparición causó sobresalto, pues por cuatrocientos años no había habido ningún profeta en Israel. Ahora nuevamente había venido uno que anunciaba la inminente aparición del Cristo, y el amanecer de la Época del Nuevo Testamento. Su predicación levantó los espíritus del pueblo con poder, y hubo un entusiasmo sin paralelo entre ellos. Toda la campiña de Judea y toda la gente en Jerusalén salieron para verlo. Confesando sus pecados, fueron bautizados por Juan en el río Jordán. Cuando Juan vio que muchos de los Fariseos y Saduceos venían donde él bautizaba, les dijo. ‘¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la Ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya el hacha está puesta en la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado, y echado al fuego.’

Cuando la multitud oyó lo que dijo a estos hipócritas, muchos le preguntaron con corazón sincero. ‘Entonces, ¿qué haremos?’ No les dijo que hicieran alguna obra en especial. Como todo genuino predicador, les respondió, con franqueza; ‘El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.’ Vinieron Publicanos para ser bautizados. ‘Maestro, ¿qué haremos?’ Él les dijo. ‘No exijáis más de lo que os está ordenado.’ También le preguntaron unos soldados, diciendo. ‘Y nosotros, ¿qué haremos?’ Y les dijo. ‘No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.’ - En otras palabras, no debían actuar con exagerada piedad en público, para ser vistos de los hombres, como era costumbre entre los Fariseos, sino, más bien, marchar en el temor de Dios y servir a los que les rodeaban, cada día.

Cuando la gente pensaba que Juan tal vez pudiera ser el Cristo, les dijo. ‘Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de Quien no soy digno de desatar la correa de Su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en Su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en Su granero, y quemará la paja en fuego inextinguible.’ (Lucas, 3.1-18.)
Dios nos conceda Su Espíritu Santo para que nosotros también escuchemos el mensaje de Juan y, arrepentidos de nuestros pecados, dejemos que nos señale al Cristo, nuestro Salvador; y luego adornemos nuestra fe con las obras sencillas del amor Cristiano, para no ser rechazados como hipócritas, mas nos deleitemos de la vida eterna en los cielos.

4 de enero

Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. (Mateo, 3.13)

También Jesús, quien ahora tenía treinta años de edad y hasta entonces había vivido en Nazareth en Galilea, a resguardo de la curiosidad pública, llegó a Juan para ser bautizado por él.

¿Pero, por qué? ¿No fue el bautismo de Juan uno de arrepentimiento para el perdón de los pecados? ¡Jesús, el Santo de Dios, por cierto no tenía de qué arrepentirse, ni bautizarse para el perdón de los pecados! De hecho, Juan se resistía a bautizar a Jesús. Dijo. ‘Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?’

Jesús respondió. ‘Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.’ En efecto estaba diciendo. ‘Ésta es una parte de la Justicia que vine a cumplir.’ Luego Juan consintió y lo bautizó, aunque no concebía por qué debía ser así.

Mateo continúa en su tercer capítulo. ‘Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía al modo de paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía. Este es mi Hijo amado, en Quien tengo complacencia.’

Buen lector, tú también, como Juan, tal vez te preguntes qué significa todo esto. - Es cierto que Jesús no fue un pecador, sino Aquél perfectamente Santo y Justo, y por ese motivo no requería del Bautismo de arrepentimiento para Su propia persona. — Esta es la explicación: así como Cristo admitió ser circuncidado, siendo la circuncisión el sacramento de iniciación bajo la Ley, era necesario que no sólo admitiera, más instituyera éste, con la misma divina autoridad, siendo la iniciación al Reino de eterna Misericordia y Verdad. — Mas también era necesario por otra razón: Nuestro Señor fue predestinado al Oficio de Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec, para ser Sumo Sacerdote sobre Su cuerpo, que es la Iglesia Cristiana. Ahora bien; así como el Sumo Sacerdote era iniciado al Oficio por un lavamiento y la unción, así lo hizo Cristo: y de este modo fue bautizado, lavado y ungido por el Espíritu Santo. De este modo dio cumplimiento al propio precepto de Su iniciación al Oficio de Sumo Sacerdote, al comienzo de Su Ministerio, y así fue preparado para hacer expiación por el pecado del mundo.

En la Transfiguración el Padre le ordenaría, como Hombre divino, al máximo rango del Sacerdocio de Melquisedec; y en Su gloriosa Resurrección, recibiría las Llaves del Infierno y de la Muerte, y, como Rey de Reyes, y Señor de Señores. se sentaría a la Diestra del Padre, como Su Virrey, y nuestro Mediador en el Santuario de los Cielos.

El Bautismo de Cristo, en los inicios de Su Ministerio Público, es, pues, la declaración preliminar y solemne de Dios, enseñando que Cristo cumpliría la obra de la redención del hombre — y que en Él, el mundo entero tiene perdón de pecados. Por ello el Espíritu Santo descendió visiblemente sobre Él, y el Padre, desde los cielos abiertos, declaró complacencia con Su Hijo. Esto fue hecho en nuestro beneficio.

Así el Bautismo de Jesús es la confirmación divina de que, por Su causa, recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento; y de que se nos da el Espíritu Santo en él, al imponérsenos las manos, y de que por medio del Bautismo, por la fe, llegamos a ser hijos de Dios, y el cielo es nuestro.

Piensa con frecuencia en tu Bautismo, buen amigo; haciéndolo, hallarás fuente de gran consuelo y fortaleza para tu fe.

5 de enero

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. (Mateo, 4.1)

El diablo tentó a Adán y Eva en el Paraíso, y cayeron en el pecado. Como consecuencia, este pecado y la muerte llegaron a ser herencia común de la humanidad. — Pero eso no es todo. Inmediatamente después de la Caída, el Señor mismo profetizó perpetua y activa enemistad de parte del diablo, aunque también su derrota por la ‘Simiente de la Mujer’, el Señor Jesucristo, triunfo que implicó nuestra redención.

Cuando Cristo apareció en la carne, inmediatamente después de Su Bautismo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto, para allí emprender la batalla contra el diablo, en favor de los pecadores. Allí encontró al enemigo de Dios y de los hombres, a Satanás; y como Adán y Eva, nuestros primeros padres, Él, como nuestro Capitán, también fue tentado por él. Si hubiera sucumbido a los engaños del enemigo, la raza hubiera estado perdida para siempre. Pero al obtener la victoria, hubo remedio para la caída de Adán y el poder de Satanás fue quebrantado. — Bajo esta luz se debe ver la tentación de Cristo.

No fue en un paraíso placentero, sino en un desierto sombrío, donde Dios encubrió Sus bendiciones, cuando Jesús estaba hambriento y exhausto, después de un ayuno de cuarenta días, y fue tentado del diablo por nosotros.

‘Y vino a él’, dice Mateo del diablo en el capítulo cuatro. No sabemos de qué manera ocurrió esto. Luego, el tentador le dijo. ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.’ Fue una burla y un escarnio, dirigidos contra la bondad del Padre Celestial — un dardo de fuego lanzado contra el alma asediada de Cristo. — Jesús enfrentó la tentación citando la Palabra de Dios. ‘Escrito está; No sólo de pan vivirá el hombre, mas de toda Palabra que sale de la boca de Dios.’ En efecto estaba diciendo: Esta Palabra me asegura que soy el Hijo de Dios y que Él me puede sostener sin pan, si así lo desea. Y así se desvió la saeta del diablo del alma de Jesús, pues ella estaba protegida por la Palabra del Padre.

Sigue el relato de Mateo; ‘Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del Templo, y le dijo. Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A Sus ángeles mandará a ti, y en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.’ Ahora el diablo citaba la Palabra de Dios, pero velándola y empleándola de forma equívoca. Su intención era hacer que Jesús pusiera a Dios a prueba, y buscara gloria y fama empleando un milagro de Su propio sufragio. — Una vez más Jesús recurre a la Palabra de Dios y dice. ‘Escrito está también; No tentarás al Señor tu Dios.’ Esta segunda saeta de la aljaba del diablo resultó, asimismo, infecunda.

Sigue la narración. ‘Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo. Todo esto te daré, si postrado me adorases.’ - El ‘príncipe de este mundo’ ofreció hacer a Cristo su virrey, bajo la condición de que Jesús lo reconociera como Su soberano, y con la esperanza de que el esplendor del mundo engañara y apartara a Cristo de Dios. — Otra vez, Jesús, cuando le ordena apartarse, cita la Palabra: ‘Vete, Satanás, porque escrito está. Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás.’

Luego el diablo le dejó, y llegaron ángeles para servirle. Así el Segundo Adán pasó esa prueba que nuestro ancestro, el Primer Adán, reprobó. La caída de Adán y su deserción de Dios, que involucró a toda la raza humana, fue remediada. Jesucristo había ganado para nosotros la gloria. Cree esto con firmeza, pues, haciéndolo, pondrás al enemigo en fuga.

Y cuando llegue la seductora tentación, conocerás por el paradigma de tu Salvador cómo habrás de resistirla. Invoca a Cristo, quien en tu lugar y para tu bien eterno sobrellevó con éxito la tentación del diablo; y como Él, refúgiate en la eficaz Palabra de Dios.

6 de enero

Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. (Juan, 1.37)

Un día, cuando, Juan bautizaba en el Jordán, vio a Jesús acercársele y dijo. ‘He aquí el Cordero de Dios, que lleva sobre Sí el pecado del mundo.’ Siguió para decir. ‘Este es Aquél de quien yo dije; Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También dio Juan testimonio, diciendo; Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo; Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que Éste es el Hijo de Dios.’ ‘Al día siguiente, allí estaban Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo; He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo; ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron; Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo; Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.’

Uno de los que siguió a Jesús después de oír el testimonio de Juan, fue Andrés. Su primer acto fue hallar a su hermano Simón, al cual dijo: ‘Hemos hallado al Cristo.’ Luego llevó a Simón a Jesús, Quien lo miró y le dijo; ‘Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas.’ Esta palabra, traducida del Arameo, significa ‘piedra’, el apodo que Jesús dio a Pedro.

Al día siguiente Jesús decidió salir para Galilea. Halló a Felipe y le dijo. ‘Sígueme.’ Felipe, al igual que Andrés y Pedro, provenía del pueblo de Bethsaida. Él buscó a Nataniel y le dijo. ‘Hemos hallado a Aquél de quien escribió Moisés en la Ley, así como los Profetas; a Jesús, el hijo de José, de Nazareth.’ — Cuando Nataniel oyó la palabra Nazareth, clamó; ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ Por la Escritura sabía que el Cristo, o Mesías, debería nacer en Belén. Pero Felipe sencillamente dijo; ‘Ven y ve.’ Cuando Jesús vio a Nataniel acercándose, dijo de él; ‘He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.’ — Nataniel quería comprender cómo Jesús sabía de él. Jesús contestó; ‘Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’ De este modo Cristo le dijo a Nataniel que lo había visto, en aquel tiempo el cual solamente es visto por los ojos de Dios. Nataniel reconoció el valor de lo que Cristo dijo y exclamó. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.’ - Jesús le dijo. ‘¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que éstas verás… En verdad, de cierto os digo. De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y vienen sobre el Hijo del Hombre.’ En efecto, estaba diciendo que Sus discípulos entenderían plenamente que Él era aquella escalera que llega al cielo, la que Jacob había visto en su sueño. De ella oímos en Génesis, 38. — Ésta es la historia de los primeros seguidores y discípulos de Jesús, y se encuentra en el primer capítulo del Evangelio de Juan.
Uno no llega a ser seguidor de Jesús como fruto de un Sermón, o por un testimonio acerca de Jesucristo. Es necesario que vayamos a Jesús; que lo veamos y lo escuchemos. Tal vez discrepes y digas. ‘¿Cómo será posible esto en nuestros días? Es cierto, todavía se predica acerca de Jesús, pero ya no es posible ir a Él, verlo y escucharlo como lo hicieron aquellos.’
Nuestra respuesta a la réplica es: si te congregas y escuchas en el Servicio Divino las palabras de consagración, que no son otras que las del mismo Cristo; ‘Este es Mi Cuerpo; Esta es Mi sangre’, entonces sabrás que Su Presencia ha venido con el perdón; que Su cuerpo y Su sangre están en el mismo Altar. Y cuando lees Su Palabra en los Evangelios, ves y escuchas a Cristo mismo en el poder del Espíritu Santo, que siempre obra en Su Palabra y los Sacramentos. Sí: no sufres ningún detrimento frente a los Apóstoles, porque tú, de este modo, solamente por fe, ves lo que ellos vieron, y escuchas lo que oyeron aquellos testigos oculares, y lees lo que el Espíritu Santo les hizo escribir.
Recuerda también lo que hicieron Felipe y Andrés cuando habían encontrado al Señor Jesús. Hablaron de Él a otros, especialmente a sus amigos y seres queridos.

© Enrique Ivaldi Broussain - Noviembre 2002 - 2015




Escríbanos.
Consúltenos, recuerde que sólo respondemos al respetuoso y al interesado.

CONFESION DE FE

I DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS.

1. Creemos y enseñamos que la Sagrada Escritura, distinguiéndose así de todos los otros escritos en el mundo, es la Palabra de Dios, desde que los santos hombres de Dios que las escribieron no lo hicieron desde su propio consejo, sino que escribieron lo que el Espíritu Divino les comunicó por inspiración, como el mismo Santo Escrito expresamente lo testifica: ‘Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios’ (2 Tim. 3.16,) y, otra vez, ‘los santos hombres de Dios hablaron según fueron movidos por el Espíritu Santo’ (2 Pedro 1. 21.) Desde que la Santa Escritura es la Palabra de Dios, enseñamos, asimismo, que en ella, providencialmente preservada, y fielmente transcripta en traducciones hechas sobre los textos originales, no se encuentran errores ni contradicciones de ninguna clase, sino que es verdad infalible, como nuestro mismo Señor lo afirma: ‘La Escritura no será quebrantada’ (Juan 10. 35.) ~ Reconocemos, asimismo, con alta reverencia & confianza, la versión latina original de San Jerónimo, conocida como Vulgata, por su erudición y la fidelidad a los originales demostrada por su autor, la que así ha sido reconocida por doctos hombres de Dios en todas las iglesias, y todo los tiempos. Particularmente se recomienda la versión hispana original de Felipe Scio de San Miguel, asimismo empleada por seguidores de la Reforma en los siglos 19 y 20. La Septuaginta, o Biblia de los LXX, debe, asimismo, ser grandemente apreciada, desde que fue ella la que citaron tanto nuestro querido Señor Jesucristo como Sus Apóstoles, tal cual lo testifican los escritos del Nuevo Testamento.
Comentarios: La Vulgata de San Jerónimo ha sido estimada como una versión fiel de la Sagrada Escritura por parte de eruditos de la Reforma, como Fagius, quien dijo «Non est ergo temere nata Vulgata editio, ut quidam scioli stulte et impudentur clamitant» (Prefat. ad collat. translat. Vet. Test.) Carpzovius opinaque Jerónimo, por la erudición y conocimiento de las lenguas originales, sobrepasa tanto a los primeros como a los postreros traductores de la Escritura, considerando incluso las notas marginales que propuso y las introducciones al texto. (Crit. sacr. Proemiun, p. 21-22.) Una misma cosa opina Drusius en su ‘Loca Difficilia Pentateuchi.’ – Grocio, por su parte, manifiesta haber empleado la Vulgata para sus estudios dogmáticos sobre Antiguo Testamento, desde que ella no contiene nada contrario a la sana doctrina, nulla dogmata insalubria continet, a la vez que destaca la sabiduría erudita de San Jerónimo. A estos testimonios se suman los de Théodore de Beza; Casaubon; Andrews; Louis de Dieu; Thomas Hartwell Horne; Anglicano; el famoso hebraísta Gesenius y asimismo Hermann Roensch, en su obra «Itala et Vulgata; des Sprachidiom des urchristtlichten Itala and der katholischen Vulgata» Leipzig, 1869.)

2. Además, también enseñamos sobre las Sagradas Escrituras, que ellas son dadas a la Iglesia Cristiana para fundamento de la fe; como San Pablo dice, refiriéndose a la Iglesia Cristiana: ‘Edificada sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas’ (Efesios 2. 20.) Por lo tanto las Escrituras son el principal fundamento sobre el cual toda doctrina proclamada en la iglesia debe ser discernida, y por lo tanto la única infalible norma y regla sobre la cual todas las doctrinas y maestros deben ser estimados y juzgados. 1 Pedro 4. 11.---Con las Confesiones de nuestra Iglesia, también enseñamos que la ‘analogía de la fe’‘ [analogia fidei,] según la cual las Sagradas Escrituras deben ser entendidas por los pasajes claros de las mismas Escrituras, que establecen las doctrinas individuales. (Apología, Triglotta, P. 441, 60.)

3. En consecuencia, condenamos y repudiamos las espurias y mutiladas traducciones del Santo Escrito que, desde mediados del siglo diecinueve, se multiplican y difunden entre Cristianos, con el propósito de pervertir y derribar la Palabra de Dios.

4. Suscribimos, asimismo, la Confesión de Augsburgo, y los Catecismos del Dr. Martín Lutero, en tanto estos prueben ser una armónica y a la vez verdadera y correcta exposición de las doctrinas que enseña el Santo Escrito, y no contradigan ni la sabia Tradición* ni la cierta Historia de la Antigua Iglesia Católica. Concordamos en esto con los Reformadores Anglicanos originales. En cuanto a los otros Símbolos Luteranos, son para nosotros fuente de examen permanente en la elucidación de cuestiones dogmáticas.

* Llamamos Tradición a la obra escrita por padres de la Iglesia y sucesivos teólogos ortodoxos, cuya doctrina concuerda plenamente con la Sagrada Escritura.

5. Rechazamos la doctrina que ciertos hombres tratan de difundir dentro de la Iglesia Cristiana de nuestros días, incluso bajo el nombre de ‘ciencia’, según la cual las Sagradas Escrituras no son plenamente la Palabra de Dios, sino que son, en parte Palabra de Dios, y en parte, también, palabra del hombre, y que, por lo tanto, contienen errores o, al menos, es posible que los contengan. Rechazamos esta doctrina como una horrible y blasfema, porque contradice descaradamente a Cristo y a Sus Apóstoles, y pone a la carne del hombre como juez sobre la Palabra de Dios, y así derriba el fundamento de la fe de la Iglesia Cristiana.


II DE DIOS Y LA CREACIÓN.

4. Creemos, enseñamos y confesamos que hay un sólo Dios revelado en tres Personas distintas, pero de un sólo y mismo propósito y voluntad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Él es el único Dios Verdadero y el Creador del mundo (en el modo y el tiempo registrado en la Sagrada Escritura, especialmente en Génesis 1 y 2; esto es, por Su Todopoderosa creativa Palabra, y en seis días) y de todo ser humano a través de la simiente de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Rechazamos y condenamos toda teoría evolucionista, ya que se opone a la Palabra de Dios; y lo hace, no como ciencia, que no lo es, sino como creencia pagana.
(1 Cor. 8.6; Juan 5.17-18, 32, 36-37; Col. 1.15-18; 1 Cor. 1.24; Juan 1.14; 1 Juan 1.1; Rev. 19.13; Prov. 8.22; Hebr. 1.3; Mat. 28.19; 3.16-17; Juan 1.14; Miqueas 5.2.)

III DEL HOMBRE Y EL PECADO.

5. Creemos, enseñamos y confesamos que, como resultado de la Caída de nuestros primeros padres, la entera humanidad, por naturaleza, es una raza recónditamente depravada y corrupta por el pecado, que resiste a Dios y está sujeta a Su Ira y a la condenación eterna.
(Rom. 5.12; 5.14.. Rom. 3.10; Gn. 6.3. Sal. 51.5; Jn. 3.6; Job 14.4; Rom.7. 18-19.Ef. 2.4-5.)

IV DE LA REDENCIÓN.

6. Creemos y enseñamos que Jesucristo es Dios Verdadero, y que se encarnó, siendo concebido por el Espíritu Santo y nacido de la santa Virgen María, asumiendo una naturaleza humana como la nuestra, en la que no hubo pecado, a la que recibió en Su Divina Persona. Él es verdadero hombre, y Dios Verdadero en una indivisa e indivisible Persona; por medio de Su Satisfacción Vicaria Él obtuvo el perdón de pecados para el mundo entero, y nos redimió de la culpa y la condenación al derramar Su sangre por nosotros en la cruz, ascendiendo luego a la presencia del Padre. Solo Christo.
(1 Juan 5.20. Mat. 17.5. Juan 1.1-3, 14. Lc. 1.35-38. Gál. 4.4-5. Mat. 5.17. Rom. 5-19. Is. 53. 4-5. Hebr. 2.9. 1 Cor. 15. 20. Efe. 1.20.23. Fil. 2.5-11. Ap. 1.7. Mat. 25.31-46. Mat. 1.21)

V DE LA CONVERSIÓN.

7. Creemos, enseñamos y confesamos que somos salvos solamente por la inmerecida Gracia de Dios (Sola Gratia,) solamente por fe en Cristo (Sola Fide,) en el puro y libre don de la salvación, obtenido para nosotros por la obra redentora de Cristo. Rechazamos y condenamos toda enseñanza que admita la contribución humana como fuente primaria en la conversión (semi-pelagianismo, arminianismo, sinergismo.) La Fe Salvadora, que es confianza personal en Cristo como nuestro Redentor, es exclusivamente obra y dádiva de Dios a través de los Medios de Gracia.

8. Así lo dice el Santo Escrito, ‘Ningún hombre viene a Mí, a menos que el Padre que me envió no le trajere’. Juan 6.44; ‘Todos los que el Padre me dio vendrán a Mí; y al que viene a Mí, no le echo fuera’, Juan 6.37. Los corderos de Cristo, solamente por Gracia, reciben una resurrección espiritual, efectuada por el mismo poder que Dios obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos (Efe.1.19-20;) un pasar de muerte a vida (Jn. 5.24;) un llamamiento de las tinieblas a la luz admirable de Dios (1 Pedro 2.9;) un quitar el corazón de piedra y recibir uno de carne (Eze. 11.19.) La salvación es obra de Dios del principio al fin (Salmo 3.8; Isa. 43.11.)

VI DE LA VIVIFICACIÓN DEL HOMBRE CAÍDO.

9. Creemos que nuestro misericordioso Dios, en su admirable sabiduría y bondad, viendo que de esta manera el hombre se había arrojado a la muerte corporal y espiritual, y se había hecho cabalmente miserable, pasó a buscarlo cuando, tembloroso, huía de Él; y le confortó prometiendo darle a Su Hijo, el cual nacería de una mujer, a fin de quebrantar la cabeza de la serpiente y hacerle bienaventurado.
(Gn.3.8-9. Gn.22.18. Is.7.14; Jn.7.42; 2 Tim.2.8; Hebr.7.14; Jn.1.(1;) 1.14; Gál.4.4; Gn.3.15.)

VII DE LA ENCARNACIÓN DE JESUCRISTO.

10. Confesamos, pues, que Dios consumó la promesa hecha a los antiguos padres por boca de Sus santos Profetas, enviando al mundo, en el tiempo por Él determinado, a Su Único, Unigénito y Eterno Hijo. El cual tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres, tomando realmente una verdadera naturaleza humana con todas sus debilidades (excepto el pecado,) siendo concebido en el seno de la bienaventurada Virgen María por el poder del Espíritu Santo, sin intervención de varón. Y no solamente tomó la naturaleza humana en lo que al cuerpo se refiere, sino que también tomó una verdadera alma humana, a fin de que Él fuese un verdadero hombre. Pues, ya que tanto el alma como el cuerpo estaban perdidos, así era necesario que Él tomara los dos, para salvarlos a ambos. Por eso confesamos, que Cristo asumió la misma carne y sangre que los niños; que Él es el fruto de los lomos de David, según la carne; nacido del linaje de David según la carne; fruto del seno de María; nacido de mujer; vástago de David; retoño del tronco de Jessé; surgido de la tribu de Judá; descendiente de Israel, según la carne; de la simiente de Abraham; porque echó mano de la simiente de Abraham, y fue hecho semejante a sus hermanos en todo, excepto en el pecado; de modo que Él es, en verdad, nuestro Emmanuel, esto es, Dios con nosotros.
(Lc. 1.54-55; Gn. 26.4; 2 Sam. 7.12; Sal. 132.11; Hech. 13.23. Fil. 2.7. 1 Tim. 3.16; 2.5; 2 Sam. 7.12; Sal. 132.11. 1 Cor. 12.3. Lc. 1.35. Heb. 2.14. Hch. 2.30. Rom. 1.3. Lc. 1.42. Gál. 4.4. Jer. 33.15. Is. 11.1. Hebr. 7.14. Rom. 9.5. Gál. 3.16. Hebr. 2.16. Hebr. 2.17; 4.15. Mat. 1. 16, 23.)

VIII DE LAS DOS NATURALEZAS EN LA PERSONA DE CRISTO.

11. Creemos y enseñamos que Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios, engendrado del Padre de toda eternidad, y también verdadero hombre, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María en la plenitud del tiempo. De las dos naturalezas personalmente unidas en Cristo, una, la naturaleza divina, es y siempre fue real y esencialmente divina, y la otra, la naturaleza humana, es, y desde su concepción fue, esencialmente humana, consistiendo de un cuerpo humano y de un alma racional, con su propia inteligencia y voluntad humanas, habiendo en la única persona una unión y no una mezcla de naturalezas. Aunque dos naturalezas completas y distintas están unidas en Cristo, no hay en Él la unión de dos personas, desde que Su naturaleza humana jamás ha subsistido por sí misma, sino una unión personal, no con el Padre, no con el Espíritu Santo, pero sí con Dios el Hijo, la Segunda Persona de la Deidad.

12. Aunque las dos naturalezas personalmente unidas en Cristo son y permanecen esencialmente distintas, cada una reteniendo sus propios atributos o propiedades esenciales, su propia inteligencia y voluntad, de modo que Su Divinidad no es Su humanidad ni una parte de la misma, ni Su humanidad es Su Divinidad —aún así hay en Cristo una comunión de naturalezas, de manera que la naturaleza divina es la naturaleza del Hijo del Hombre, y la naturaleza humana la naturaleza del Hijo de Dios, lo cabal de la una siendo predicable de la otra, y estando la una donde la otra está.

13. Y aún cuando en la Persona de Cristo cada naturaleza retiene sus atributos esenciales, aún así cada naturaleza comunica sus atributos a la otra en la unión personal, de modo que la naturaleza divina participa en los atributos de la naturaleza humana, y la naturaleza humana en aquellos de la naturaleza divina.

14. De este modo, los atributos de cada naturaleza se adscriben a la entera Persona de Cristo, predicándose los atributos divinos a lo cabal de Su naturaleza humana, y los atributos humanos a lo cabal de Su naturaleza divina. (Genus Idiomaticum.)
(Jn 21.17; Hebr. 13.8; Mat. 1.23; Lu 2.4-11; Rom. 9.5; Jn 3.13; Mat. 9.6; Jer. 23.5-6; 33.16; Mat. 22.42.43; Rom. 8.32; Gál. 4.4; Col. 1.13-14; Jn 1.14; Rom. 1.3; 1 Cor. 2.8; Hech 3.15)

15. Otra vez, aunque la naturaleza humana en la Persona de Cristo permanezca realmente humana, todavía todas las propiedades divinas y perfecciones del honor y de la gloria a ella pertenecientes se comunican sin duda alguna a Su naturaleza humana, de modo que las perfecciones que la naturaleza divina posee como atributos esenciales, la naturaleza humana los posee como atributos comunicados; tales como la omnipresencia, la omnisciencia, la omnipotencia. (Genus Maiestaticum.) La divina no es limitada ni afectada por la humana, ya que es perfecta y toda suficiente, y de nada carece. A esto se llama no-reciprocidad del segundo genus.
(Mat. 18.20; 28.20; Efe. 1.23; Jn 3.13; 21.27; 2.24-25; Col. 2.3; Jn 17.2; Fil. 3.21; Mat. 28.18)

16. La unión personal de la dos naturalezas de Cristo, la asunción de la naturaleza humana por la naturaleza divina en Una Persona, ha tenido lugar por y para el propósito de la salvación de los hombres, y en la ejecución de las obras correspondientes a Su Triple Oficio, que la entera Persona ha realizado o realiza, ambas naturalezas concurren en dichas operaciones y obras, cada una obrando en comunión con la otra lo que es propio a cada una de ellas (Genus Apotelesmaticum.)
(1 Jn 1.3-8; 4.10; Gál, 4.4-5.; 1 Tim. 2.5-6; Hebr. 2.14; Hech 20.28; 1 Jn 1.7; 1 Cor. 15.3; Efe. 5.2; Gen. 3.15; 22.18; Rom. 5.10-11, Lu 2.30-32; Mat. 20.28; Rom. 8.3-4; Gál. 1.4.)

IX DE QUE DIOS HA MANIFESTADO SU JUSTICIA Y MISERICORDIA EN CRISTO JESÚS.

17. Creemos que Dios, quien es perfectamente misericordioso y justo, ha enviado a Su Hijo para tomar la naturaleza en la cual se había cometido la desobediencia, a fin de satisfacer y llevar en ella el castigo de los pecados por medio de Su amarga pasión y muerte. Así, pues, ha demostrado Dios Su justicia en Su Hijo cuando cargó sobre Él nuestros pecados; y ha derramado Su bondad y misericordia sobre nosotros que éramos culpables y dignos de condenación, entregando Su Hijo a la muerte por nosotros, movido por un amor puro y perfecto, y resucitándole para nuestra justificación, a fin de que por fe en Él tuviéramos la inmortalidad y la vida eterna.
(Hebr. 2.14; Rom. 8.3. Rom. 8.32. Rom. 4.25.)

X DE LA SATISFACCIÓN DE CRISTO, NUESTRO SUMO SACERDOTE.

18. Creemos que Jesucristo es Sumo Sacerdote, con juramento, según el Orden de Melquisedec, y se ha puesto en nuestro lugar ante el Padre para apaciguar Su ira con plena satisfacción, inmolándose a Sí mismo en el árbol de la cruz, y derramando Su preciosa sangre para purificación de nuestros pecados, como los Profetas habían predicho. Porque escrito está. ’el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados; como cordero fue llevado al matadero, y fue contado con los pecadores’; y como malhechor fue condenado por Poncio Pilato, aunque éste le había declarado inocente. Así, pues, ’se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué’ y ’Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos;’ y esto, tanto en Su cuerpo como en Su alma, sintiendo el terrible castigo que nuestros pecados habían merecido, tanto que su sudor fue cayendo en gotas de sangre sobre la tierra. Él clamó: ’Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado’?; y ha padecido todo esto para el perdón de nuestros pecados. Por lo cual, con razón decimos con Pablo: ’me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado... aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor;’ hallamos así toda clase de consuelo en sus heridas, y no necesitamos buscar o concebir algún otro medio para reconciliarnos con Dios, sino solamente Su ofrenda. ‘Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.’ Esta es también la causa por la que fue llamado Jesús por el ángel de Dios. ’Salvador, porque él salvará a Su pueblo de sus pecados.’
(Sal. 110.4; Hebr. 5.10. Rom. 5.8-9; Hebr. 9.12; Jn. 3.16; 1 Tim. 1.15; Fil. 2.8; 1 Pe. 1.18-19. Is. 53.5; 1 Pe. 2.24; Is. 53.7. Is. 53.12; Mat. 15.28. Jn. 18.38. Sal. 69.4. 1 Pe.3.18; Ex.12.6; Rom. 5.6. Sal. 22.15; Dan. 9.26. Lc. 22.44. Mat. 27.46. 1 Cor. 2.2. Fil. 3.8. Hebr. 9.25-28; 10.14. Mat. 1.21; Hch. 4.12; Lc. 1.31.)

XI DE LA FE EN JESUCRISTO.

19. Creemos que, para obtener verdadero conocimiento de este gran misterio, el Espíritu Santo, por los Medios de Gracia, enciende en nuestros corazones una fe sincera, la cual abraza a Jesucristo con todos Sus méritos, se lo apropia, y fuera de Él ya no busca ninguna otra cosa. Porque necesariamente tiene que concluirse, que, o bien todas las cosas requeridas para nuestra salvación no están en Jesucristo, o bien sí están todas en Él y así, aquel que posee por la fe a Jesucristo, tiene en Él su salvación completa. De modo que, si se dijera que Cristo no es suficiente, por cuanto además de Él aún se necesita algo más, esto sería una blasfemia ya que así se seguiría que Cristo es solamente un Salvador a medias. Por eso, justamente decimos con el apóstol Pablo, que ‘el hombre es justificado por la fe, aparte de las obras de la Ley.’ No obstante, para hablar con mayor claridad, nosotros no decimos que la fe nos justifica como si fuese una obra, pues ella es sólo un instrumento por el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia. A nuestros adversarios respondemos, asimismo, que la fe no es una obra en modo alguno. Así pues, no puede ella ser una acción meritoria. No es una resolución del ánimo; es una comprensión de que el mensaje o promesa de vida eterna es verdadero. Una segunda objeción con la que ellos han pretendido urgirnos es que si la fe, esto es, el creer, se imputa por justicia, entonces la justificación es por obras, o por algo en nosotros mismos. En esta objeción, el término obras es equívoco. Si significa obras de obediencia a la Ley Moral, la objeción es infundada, pues la fe no es una obra de tal clase; y si significa el mérito por obras de algún género, carece asimismo de fundamento: pues ningún mérito se atribuye a la fe, y esta, en el sentido de una confianza exclusiva, o seguridad en los méritos de otro, excluye y enmudece, por su misma naturaleza, toda asunción de mérito en nosotros mismos, pues de ser así, no habría necesidad de acudir a los méritos de ese otro. Pero si se significa que la fe (o el creer) es proceder en algo en el orden de nuestra justificación, ella será, en este punto, la perfomance de una condición, un sine qua non, lo cual no solamente no es prohibido por la Escritura, mas se requiere y espera de nosotros, --- ‘esta es la obra de Dios, que vosotros creáis en Aquel que Él ha enviado;’ ‘quienquiera crea será salvo, y el que crea no será condenado.’ Y de tal manera es esto así estimado por el Apóstol Pablo, al examinar la libre gracia de Dios en nuestra justificación, que él establece nuestra justificación por la fe como prueba de su naturaleza gratuita, ‘pues por gracia sóis salvos, por medio de la fe.’ ‘Por lo tanto, es por fe, para que sea por gracia.’ La fe, entonces, es aquello que sobreviene cuando somos convencidos de la verdad por la Eficacia de la Palabra. -- Sin embargo, no entendemos que sea la fe misma la que nos justifica, pues ella es solamente un medio por el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia. Mas Jesucristo, dándonos la fe salvadora, que obra en nosotros y se nos imputa a justicia, ha lavado nuestros pecados con Su sangre; y esta fe; sí, que nos reconcilia con el Padre, es la que nos lleva a confesar que Cristo, y nadie más, es nuestra justicia; y aquella es la que nos mantiene con Él en la comunión de todos Sus bienes, los cuales, siendo hechos nuestros, nos resultan más que suficientes para la absolución de nuestros pecados.
(Sal. 51.6; Ef.1.(16)-18; I Tes.1.6; 1 Cor.2.12. Gál.2.21. Jer. 23.6; 51.10; 1 Cor. 15.3; Mat. 1.21; Rom. 8.1; Hech. 13.26; Sal. 32.1. Rom. 3.20,28; Gál. 2.16; Hebr. 7.19; Rom. 10.3-4; 10.9; 4.5; 3.24,27; Fil. 3.9; Rom. 4.2. 1 Cor. 4.7. Rom. 8.29,33.)

XII DE LA JUSTIFICACIÓN.

20. Creemos, que nuestra bienaventuranza radica en el perdón de nuestros pecados por voluntad de Jesucristo, y que en esto está comprendida nuestra justicia delante de Dios; como David y Pablo nos lo enseñan, declarando: que la bienaventuranza del hombre es que Dios le perdona sus pecados por la fe, sin las obras. Y este mismo apóstol dice. ’siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús’ (Rom. 3.24.) Y por ello nos aferramos siempre a este fundamento, dando todo el honor a Dios, humillándonos y reconociéndonos tal cual somos, sin vanagloriarnos de nosotros mismos o de nuestros méritos, apoyándonos y descansando tan sólo en la obediencia de Cristo crucificado, la cual es nuestra y propia, si creemos en Él. Ella es suficiente para cubrir todas nuestras iniquidades, y darnos confianza, librando la conciencia de temor, asombro y espanto para llegar a Dios, sin proceder como nuestro primer padre Adán, quien, temblando, pretendía cubrirse con hojas de higuera. Por cierto, si tuviéramos que comparecer ante Dios confiando en nosotros mismos o en cualquiera otra criatura –fuere ésta lo que fuese-, seríamos consumidos. Y por esto es por lo que cada uno debe decir con David. ‘Oh Señor,... no entres en juicio con tu siervo; Porque ningún ser humano se justificará delante de ti.’
Hebr. 11.7; 1 Jn. 2.1. Ef. 2.8; 2 Cor. 5.19; 1 Tim. 2.6; Rom. 4.6. Ez. 36.22,32. Deut. 27.26; Sant. 2.10; 1 Cor. 4.4. Hech. 4.12; Sof. 3.11-12; Hebr. 10.20. Gn. 3.7. Lc. 16.15; Sal. 18.27. Sal. 143.2.

21. Justificación General y Justificación Personal: Ante desviaciones universalistas sobre el artículo de la Justificación, creemos y enseñamos que La Cruz del Calvario fue el sello de la dádiva del Perdón de Dios para todos los pecados del mundo. Cristo hizo una Expiación infinita y perfecta: por lo tanto, en la voluntad antecedente de Dios, Su muerte procuró un perdón definitivo y completo para los pecados del mundo. En la mañana de Pascua, Dios el Padre resucitó a Cristo, en Quien no había pecado alguno sino una perfecta obediencia a Su voluntad: y así, Dios lo declaró justo, como el Segundo Adán. (Justificación general.) Junto con Cristo, el Redentor Prometido, Dios brindó Su Espíritu, el Santo Oficio del Ministerio de la Palabra y los Sacramentos y estos mismos Medios de Gracia a la Iglesia, para llamar eficazmente a todos los hombres a la vida. Previendo su fe firme y final hasta el fin, mas solamente por gracia, en Su voluntad consecuente, Dios llamó infaliblemente a Sus escogidos, dándoles fe salvadora en el Evangelio y la perseverancia en ella; a estos, Sus electos: quienes, por lo tanto, por la fe sola, de pura y libre gracia, reconciliados con Dios, reciben el Perdón de pecados y con él todos los beneficios de Cristo, en Quien fueron juntamente llamados, predestinados, justificados, santificados y glorificados, Rom. 8.30 (Justificación Personal.) La consumación y don del Perdón o Justificación vino sobre todos los hombres; pero los incrédulos, debido a su propia impiedad y desconfianza, rechazaron el Evangelio, excluyéndose por sí mismos de la Gracia y siendo así justamente condenados (Romanos 3-5; Heb. 8-9; 2 Cor. 5, 21; Gál. 3, 6-14; 1 Tim. 3, 16; Jn 3, 16; 10, 26-29; Efe. 1, 1-14; Mr. 16, 16; Jn 3, 18; 2 Tes. 2, 11-12; 2 Pe. 2, 4-17; Apo. 3, 5; 21, 27; 13, 8; 17, 8; 2, 11; 20, 6; 20, 14; CA, iv, v, xiii; FC, Thor. Decl., III The Righteousness of Faith before God; FC, Epit. XI Election; Thor. Decl., XI Election.)

XIII DE LA MEDIACIÓN DE CRISTO.

22. Creemos que no tenemos ningún acceso a Dios sino sólo por el único Mediador y Abogado, Jesucristo, el Justo; quien para ello se hizo hombre, uniendo las naturalezas divina y humana, para que nosotros, los hombres, tuviésemos acceso a la Majestad Divina. ~ Y aquí no se debe aducir dignidad alguna; porque aquí no se trata de nuestra dignidad al presentar nuestras oraciones, sino que las presentamos fundándonos únicamente sobre la excelencia y dignidad de nuestro Señor Jesucristo, cuya justicia es nuestra por la fe. Por eso, el apóstol, queriendo librarnos de este necio recelo, o mejor aún, de esta desconfianza, nos dice que Jesucristo ’debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.’ Y luego, para infundirnos más valor para ir a Él, nos dice. ’Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.’ El mismo apóstol, dice. ’Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santo por la sangre de Jesucristo,... acerquémonos’ -dice- ’... en plena certidumbre de fe,’ &c. Y, asimismo. ’Por lo cual puede también salvar hasta lo sumo a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.’ ¿Qué más hará falta?, ya que Cristo mismo declara. ’Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.’. ¿A qué buscar otro abogado, siendo que a Dios le agradó darnos a Su Hijo como Abogado? No le abandonemos a Él para tomar a otro; o lo que es más, para buscar a otro, sin jamás poder hallarlo; porque Dios, al dárnoslo, muy bien sabía que nosotros éramos pecadores. Por eso, según el mandato de Cristo, invocamos al Padre Celestial por medio de Cristo, nuestro único Mediador, conforme hemos aprendido en la oración del Señor; estando seguros de que cuanto pidiéramos al Padre en Su nombre, nos lo será dado.
(1 Tim. 2.5. 1 Jn.2.1. Ef. 3.12. Rom. 8.26. Jer. 2.11; 16-20. Ef.3.19; Mat.11.28. Jn.15.13. Rom.5.8. Heb.1.3. Mat.28.18. Sant.5.17-18. Sal. 115.1. Hech.14.(14)-15. Jer.17.5. Jer.17.7; 1 Cor.1.30. Hebr.2.17-18. Hebr. 4.14-16. Hebr. 10.19,22.. Hebr.7.24-25. Jn.14.6. Sal.44.20. 1 Tim.2.5; 1 Jn.2.1; Hebr.13.15. Lc.11.2-4. Jn.14.13.)

XIV DEL MINISTERIO PÚBLICO.

23. Creemos y enseñamos que el Ministerio Público de la Palabra y los Sacramentos es un Orden Sagrado, divinum ordinem sacerdotum (AE, iii. 11,1; Triglot. 498-499) el cual, ejercido por Obispos (Superintendentes) y Pastores debe ser profesado por hombres (no por mujeres, 1 Cor. 14.34-36; 1 Tim. 2.11-12,) cuyas calificaciones y funciones oficiales están exactamente definidas en la Sagrada Escritura. Ellos, como instrumentos del mismo Cristo, predican la Palabra de Dios y administran los Santos Sacramentos, por mandato y en el nombre de Cristo, para servir tanto al Señor, como a Su rebaño. Las iglesias particulares, cuyo cimiento, -- bajo la Única Cabeza de la Iglesia, el Señor Cristo, que las gobierna por Su Palabra y los Sacramentos,-- se sustenta en la comunión de los santos electos escondidos* en ella, son soberanas en virtud del Oficio de las Llaves que las engendra y las sostiene; y lo son, asimismo, por su derecho a la custodia y resguardo de la doctrina, discerniendo entre los Apóstoles de Cristo y los falsos profetas.

* Cuando decimos "escondido," aludimos a la doctrina luterana según la cual la Iglesia, el Ministerio, aún las glorias de Cristo, permanecen escondidas o encubiertas, ocultas a la carne y el mundo, ya que solamente son percibidas por la fe.

24. En tanto sin hesitar establecemos lo expuesto en el párrafo anterior, rechazamos la herejía sostenida por algunos que llevan el nombre de Luteranos, quienes, siguiendo a Hoefling y similares funcionalistas, y otros erroristas ‘auto-gobernados,’ asumen el Santo Ministerio como la mera y regular transferencia de los privilegios de un sacerdocio general de los creyentes* a un hombre entre ellos, para actuar como Ministro in nomine nostro. Los Apóstoles fueron los primeros Pastores; ellos no recibieron su autoridad de la iglesia externa, desde que esta no existía en aquel tiempo, mas fueron llamados y ordenados por el Señor Cristo en persona, Mat 10.1; Juan 20.21—23; Mat 28.18—20; Ver Mat 26.26—27; Lu 22.19; 1 Tim 1 con Tito 4—5. Los Pastores Cristianos, así pues, no son los mandatarios del pueblo, mas hombres enviados por Dios. Por doquiera en el Nuevo Testamento observamos que el Santo Oficio del Ministerio público engendra las iglesias o congregaciones, y nunca que el Oficio sea una mera transferencia de derechos congregacionales y poderes plenarios, ni que las iglesias confieren el Oficio. Éste se eleva en medio de la Iglesia como un árbol fructuoso que posee semillas en sí mismo. En tanto el examen y la ordenación permanecen en manos del Presbyterium, (los Pastores,) es correcto, y así debe ser sostenido, que el Oficio, que coexiste con la Palabra, se completa y propaga a sí mismo de persona a persona, y de generación en generación. Aquellos que lo poseen lo traducen a otros; y aquel a quien sus Ministros lo traspasan lo posee como viniendo de Dios. El Oficio es una corriente de bendiciones que derrama la fragancia y el bálsamo de Cristo desde los Apóstoles a sus discípulos, y desde estos hasta la consumación de los siglos, según la promesa de Cristo: que las puertas del infierno no han de prevalecer contra Su iglesia; Mat 16.18; 28.19—20.

25. Advertimos de qué distinto modo procede la elección de los diáconos (Hechos 6,) si la comparamos con aquella de los Pastores. En el caso de estos últimos, la congregación no es llamada en consulta; queda enteramente en manos de los Apóstoles y Evangelistas proveer el llamado; y ellos, según su discreción, y de acuerdo a como lo requiera la circunstancia, buscan el consejo de la congregación, o de miembros individuales. Por otra parte, en la elección del diaconado, toda la congregación es llamada a una; el designio es expuesto delante de ella – aun cuando, es verdad, en la forma de un mandato, pues los Apóstoles son los representantes del Señor – y ella expresa y testifica su aprobación. Entonces, ¿cómo son escogidos los Diáconos? Siguiendo la norma de calificación ofrecida por los Apóstoles, es la congregación quien los selecciona, llevándolos delante de los Apóstoles, para que ellos los ordenen. Podemos llamar al Presbyterium una humilde, sabia y paternal aunque sacra aristocracia de la Iglesia, en tanto en la elección de los Diáconos se observa un cierto criterio de autonomía.

Comentarios: Así los Padres; Hollaz (Examen Theologicum Acroamaticum, 1277): ‘La Iglesia Colectiva (ecclesia synthetica, apo tes suntheseos, de lacolección o reunión de todos sus miembros vivientes, que forman Un Cuerpo Místico) es la Iglesia considerada colectivamente, consistiendo en Maestros y alumnos, reunidos por el lazo de una misma fe; y se le llama Iglesia Colectivapara distinguirla de la Iglesia Representativa (Mat 18.16-17,) la cual es, en esencia, la asamblea de los Ministros, Sacerdotes o Maestros Cristianos formalmente reunidos con el propósito de dirimir cuestiones inherentes a la doctrina de la fe, y su práctica.’(Quenstedt, Theologia Didactico-Polemica; IV, 478;) ‘En tanto y cuanto ellos están capacitados para representar y explicar la doctrina pública de la Iglesia más plena y correctamente, que lo que puedan hacerlo los alumnos solamente, sin sus Maestros.’ El asunto que consideramos aquí es, enunciado de manera más general, el siguiente; ‘¿A quién corresponde el gobierno de la Iglesia?’ A esto responde Hutter (Loc. Com. Th., 568): ‘Nosotros enseñamos que la forma aristocrática de gobierno es la mejor, y que ella se corresponde con la mayor propiedad a la Iglesia Militante sobre esta tierra.’ Más acertadamente: ‘Creemos que esta es la mejor y más propicia y ventajosa entre todas las formas de Gobierno Eclesiástico, si la Iglesia permanece unida en la unidad de la fe y del Espíritu en un Cuerpo Místico, bajo una Cabeza Universal, Cristo, y bajo un idéntico Ministerio de Maestros, o Pastores, u Obispos de la Iglesia.’ Y luego procede Hutter (581): ‘La pregunta es, Si la forma monárquica de gobierno no puede concurrir, ¿cuál forma, por lo tanto, es conveniente a la Iglesia?’ – y responde Hutter, ‘Estimo que debemos replicar a esta cuestión en un estilo no decididamente categórico; mas debiéramos proceder en cuanto a ella de modo específico, según la triple correlación que sostiene la Iglesia. Pues (1) la Iglesia debiera ser considerada con respecto a su Suprema y Única Cabeza, la cual es, únicamente, Cristo Jesús. De esta forma, reconocemos que el gobierno de la Iglesia es pura y absolutamente monárquico. Otra vez (2) la Iglesia debiera ser considerada con relación a su cuerpo místico, el cual crece en concierto en el pleno organismo de los creyentes, llamados a conformar un mismo cuerpo, animados por un mismo Espíritu. Ahora, en tanto en la elección y llamado de los Ministros, las oraciones y sufragios de todos los creyentes y los del triple orden jerárquico son requeridos [en una operación que comprende el examen de parte del Presbyterium; la elección o Axios de la iglesia, y la sagrada ordenación, por lo general practicada por un Obispo;] así, de un mismo modo, los privilegios, beneficios, derechos y dignidades de la Iglesia no se restringen o confinan a este o aquel orden solamente, o a este o aquel hombre, más fueron transmitidos y encargados por Cristo y los Apóstoles a toda la Iglesia (Ver las consistentes explicaciones del Pastor Joh. Andreas Grabau en sus documentos publicados en este portal sobre el tema.) Por último (3) la Iglesia debe ser considerada, asimismo, con respecto a sus Ministros y Pastores, sin olvidar los aspectos en que la Iglesia Universal y las iglesias particulares difieren. Pues una iglesia particular puede tener un Pastor definido... Pero aquí la cuestión no se vincula con la forma de gobierno de una iglesia particular, mas con la regla de gobierno de la Iglesia Universal o Católica; si ella, con relación a sus Pastores y Obispos, es monárquica, y depende de uno de estos. Aquí mantenemos la negativa,... y creemos y enseñamos que este gobierno es aristocrático, sobre el fundamento de estos argumentos: (1) La Iglesia debe ser administrada del mismo modo en que lo fue la Iglesia Primitiva, por parte de los Apóstoles. Y los Apóstoles la gobernaron de modo aristocrático. Por lo tanto, (2) Aquello que es administrado con recta justicia por unos pocos, y por ellos como quienes están a cargo, es gobernado de manera aristocrática. Así la Iglesia es administrada con recta justicia por unos pocos, que pertenecen a un Orden más elevado. Así pues, (3) Una prueba se deriva de la práctica de la Iglesia Primitiva, que fue gobernada por Obispos. (4) Y la última prueba puede procurarse por el común acuerdo de los antiguos... De este modo concluimos nuestra tesis con este silogismo general: Todo aquello que Dios ha dispuesto, todo lo que fue siempre observado por los Apóstoles, y confirmado por la práctica de la Iglesia Primitiva, mostrándose como bueno y propicio para la Iglesia, esto debe ser estimado como necesario, y por ello debe ser firmemente retenido por la Iglesia. Pero tal gobierno de la Iglesia, con respecto a los Obispos y Maestros, ha sido aristocrático... En consecuencia, debe ponderársele como necesario, y retenérselo firmemente, y jamás debe cambiárselo en una monarquía.’

26. El Ministerio Público es una ordenanza divina (de iure divino,) al ser el Oficio propio de Cristo. El Ministerio Público de la Palabra y Sacramentos es el oficio más elevado en la iglesia, y la fuente de la cual emanan todos los otros oficios en la iglesia.

27. Este ministerio pastoral fue instituido por el mismo Señor Jesucristo cuando llamó a los Apóstoles como los primeros ministros de Su iglesia y los envió con la Gran Comisión, ‘Como Mi Padre me ha enviado, así Yo os envío’ (Jn. 20. 21-23;) confirmando luego este Oficio especial a Pedro, ‘Alimenta mis ovejas... alimenta mis corderos’ (Jn. 21. 15-17.) Ellos no tuvieron sucesión en sus funciones y poderes extraordinarios (Mr. 3.13-14; Mt. 10.2; Lc. 6.13; Hech. 1.2-25; Rom. 1.5; 1 Cor. 12.28-29; Efe. 2.20; 2 Pe. 3.2; Apo. 12.14; 1 Tim. 2.7; 2 Tim. 1.11; 2 Pe. 1.1; 1 Tim. 1.18; 2 Tim. 1.13; 2 Tim. 2.2; Mt. 28.20; 2 Cor. 5.19;) pero en sus funciones y poderes ordinarios y comunicables, esto es: la predicación del Evangelio, la administración de los Sacramentos y el ejercicio de la disciplina bíblica, ellos fueron co-obispos, pastores, ministros, y ancianos con los otros ministros (Hech. 1.20; 5.42; 20.24; Rom. 1.15; Efe. 3.8; 6:19; 1 Cor. 4.1; Mt. 28.19; 1 Pe. 5.1; 1 Cor. 3.5; 2 Cor. 11.23; Col. 1.7; 23-25; Jn. 21.16,) en quienes quedó establecida su sucesión, que es una de doctrina.

* La expresión rendida como ‘reino de sacerdotes’ (Gr. basileion hierateuma) en 1 Pedro 2.9 debiera traducirse como ‘los santificados o sacralizados del reino’ quereciben, antes que dar, de la plenitud del Cristo Sacerdos in Aeternum, así comoson el genus escogido del Padre, hacia la nación santa, ethnos agion, en la obra del Santo Espíritu; ~ para consumarse en este pueblo peculiar, (o mejor, redimido,) laós eis peripoiesin, propiedad de Dios en el cumplimiento esjatológico.

Comentarios: 1.- El Ministerio y los miembros de nuestra Congregación han orado y se han esforzado, a lo largo de los años, en condiciones adversas, para preservar incorruptible la doctrina del Señor; y así adherimos con honesta firmeza a la doctrina que Él nos entregó, manteniéndola a salvo de impurezas o disminución, como un tesoro Real, sin que nada le sea agregado, y nada se le quite. La unidad Cristiana es unidad en la Verdad; no una unidad dependiente de un poder central exterior: es unidad interior en una misma Fe y un mismo bautismo en la comunión de fieles y de iglesias. Esta unidad adviene bajo el gobierno del Señor Cristo en Su Palabra proclamada y los Sacramentos: esencialmente el Sacramento del Altar, que funda la unidad de la Iglesia al reunir a los Cristianos con Cristo y a unos con los otros. La Iglesia, así, es una Sociedad Eucarística, plenamente católica (v.g. ‘la que posee la plenitud en todo,’) que existe dondequiera que el Sacramento se celebre según la institución de Cristo. ‘Pues allí donde está Cristo, está la Iglesia.’ De manera que al aplicar el término católico, lo hacemos pensando en el milagro viviente de la unidad de los muchos en uno, por la comunión en los sacramentos. Y así como afirmamos que el Oficio del Ministerio es un Orden Sagrado, que engendra y sostiene a la Iglesia como un árbol a sus frutos, asimismo enseñamos que si bien nuestros Pastores son Maestros y doctores de la doctrina, el custodio de la fe no es solamente el Ministerio Público, mas todos los miembros de la Iglesia. El Pastor proclama; la Iglesia posee. La constancia invariable y la verdad inequívoca de los dogmas Cristianos no dependen, finalmente, sólo del Orden jerárquico; son conservados y custodiados por la totalidad de los fieles, que son el Cuerpo de Cristo.to. 2.- Superando el ámbito local, la iglesia se expresa en Concilios. 3.- En la economía del Antiguo Testamento la sombra o tipo precede al cumplimiento, o antitipo. Primeramente Dios establece el culto y el ritual, y su sacerdocio; después, Él viene a morar por medio y con éstos en Su pueblo (Éxo 29. 44—45.9.) Pero esta Ley ceremonial típica, ‘no teniendo más que las sombras de los bienes futuros, y no la realidad misma de las cosas,’ (Hebr 10.1,) no es la cosa en sí misma, mas su anticipación, la figura típica. La Palabra nos enseña que el Señor Cristo ‘abolió aquellos sacrificios para establecer otro, que es el de Su cuerpo.’ (Hebr 10.9; 8.) Ahora bien, en el Nuevo Testamento se modifica el orden; la Encarnación lleva en sí misma la cosa y la sombra; a partir de la Cruz, la sombra – el ritual y el Oficio del Ministerio, el sacerdocio – no precede, mas sigue y procede del Único Sumo Sacerdote, consagrador y sacrificador: nuestro Señor Jesucristo. Los fieles ya no se congregan en un tabernáculo de reunión, ‘ni en esta montaña, ni siquiera en Jerusalén,’ mas en Cristo. La Iglesia, Cuerpo santificador de la Palabra y los Sacramentos, se diferencia a partir de allí en sus elementos armoniosos (Efe 4.16.) El Sagrado Oficio de Cristo, es la Vida de Cristo por nosotros y en nosotros. La plenitud del Sacerdocio y su Ministerio y la de la Iglesia toda se halla en Cristo, Quien lo colma todo en todos (Efe 1.23.) Esta plenitud tiene su fuente en Cristo, y desde allí, procediendo desde Su Oficio (justificador y santificador) de la Palabra y los Sacramentos, la doctrina, la Escritura, el culto divino, florecen y se fijan gradualmente; y con ellos aparece la iglesia, sólo visible como tal a la fe y escondida a la carne y al mundo, dando vida al Cuerpo Místico, acompañado por la presencia invariable del ‘Testigo absoluto,’ el Espíritu Santo, que revela al Sacerdote Absoluto, el Señor Cristo: Él no trasmite Su poder personal a los Apóstoles, pues esto implicaría Su ausencia. La transmisión del Orden Sagrado del Ministerio, pues, procede por medio de la imposición de manos, pero la causa formal, la comunión de los dones, es un carisma de Cristo a Sus Ministros. La imposición de manos incluye; pero el don del Oficio es investido por Cristo sobre Su siervo. Si hablamos de sucesión apostólica, pues, no hablamos de la prerrogativa de uno sólo de los Apóstoles (como quería la iglesia de Roma) ni tampoco de la de un colegio de obispos. La prerrogativa incomparable, aquí, es la del único Sumo Sacerdote y Sacrificador, Cristo Jesús. Bien lo afirma la Escritura, el sacerdocio según el orden de Melquisedec es uno ‘sin padre, sin madre, sin genealogía,’ (Hebr 7.3) – supera cualquier inmanentismo o delegación meramente humana o histórica. La sucesión apostólica, así, no es una histórica, mas una de doctrina, la successio doctrinalis. Cristo exhala el poder de las Llaves sobre los Doce, demostrando que el origen del Santo Ministerio es uno solamente divino; ‘No me elegisteis vosotros a Mí, más Yo os elegí y ordené a vosotros’ Juan 15.16. (Cae además aquí el concepto populista de la asamblea de fieles transfiriendo un supuesto poder sacerdotal colectivo ‘in nomine nostro.’ – Es llamativa la semejanza de este concepto con aquel por el cual la Revuelta Masónica, humanista y atea enfrentó a los órdenes monárquicos y aristocráticos. – Sin duda, siempre se espera la aprobación y el Amén de los fieles cuando un Pastor es instalado, o se ordena al Obispo; mas esto no es sino una expresión de la theandria, la manifestación armónica de la vida de Cristo y de las operaciones de la Trinidad en Su iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. 4. En este sentido, pues, el Ministro es sacerdote, pues actúa en lugar y por mandato de Cristo, representando a Cristo, el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento. Y donde hay sacerdote, hay oblación. Es el Sacramento del Altar donde esta característica es especialmente axiomática. Allí el Pastor, el Obispo, son consagradores y sacrificadores.

XV DE LOS MEDIOS DE GRACIA.

28. Creemos, enseñamos y confesamos que Dios nos ha provisto los Medios de Gracia para crear, fortalecer y preservar la Fe Salvadora; estos Medios de Gracia son, la Palabra del Evangelio y los Sacramentos del Santo Bautismo y la Cena del Señor. Solamente a través de estos medios externos ordenados por Él quiere Él ofrecer y comunicar los beneficios adquiridos por Cristo, es decir, el perdón de pecados y los tesoros y dones afines a este perdón.

29. Creemos, enseñamos y confesamos que el Santo Bautismo es el lavamiento de regeneración, que remite tanto el pecado original como el actual; a través de él, asimismo, los infantes, por una gracia previniente, tienen comunión en los beneficios de Dios, desde que en el Bautismo reciben - por la fe divinamente engendrada en ellos-, el Reino de los Cielos, siendo capaces de creer en el Señor; Mat 19.14; 18. 6; Mc 9.42; Tito 5.6-7; 1 Cor 6.10-11. De esta manera también ellos son miembros de la iglesia.

30. Sin embargo, el Bautismo no salva a aquellos que viven en incredulidad. Con contrición y fe estos deben volverse al misericordioso Dios que una vez aplicó en ellos Su Gracia en el Sacramento del Bautismo.

31. Creemos, enseñamos y confesamos que en la Santa Cena de Cristo, por virtud de las palabras de consagración, el pan y el vino son el real, verdadero y substancial cuerpo y sangre de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, comidos y bebidos para el perdón de los pecados, y medicina de inmortalidad.

32. Recordemos que la Confesión de Augsburgo (Artículo X,) dice: ‘El cuerpo y la sangre de Cristo están presentes (vere adsint) en la Cena, y de esta manera son comulgados y recibidos.’ Así pues, creemos, enseñamos y confesamos, de acuerdo con la enseñanza clara e inequívoca de la Sagrada Escritura, que en la Cena del Señor el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, por virtud de las todopoderosas palabras de Cristo en la institución, son efectivamente suministrados bajo las especies del pan y el vino a todos los que tienen comunión en ella, de modo que, así como son provistos por la mano del ministro, en una misma manera son recibidos en la boca de aquel que come y bebe (CA. X; FC, Decl. Sólida VII, 73-87.) La defensa del sentido literal, tan firmemente exigido por el mismo Lutero, no puede significar otra cosa.

33. Rechazamos con vehemencia la enseñanza Zwingliana, según la cual la Cena del Señor es una mera observancia en la cual el cuerpo y la sangre de Cristo están sólo simbólicamente presentes como representaciones o signos; y asimismo la doctrina Reformada, según la cual esta presencia es una espiritual.

34. La Absolución: Augustana XI: ‘Sobre la Confesión ellos enseñan que la Absolución Privada debe ser retenida en la Iglesia, y que no se debe permitir que caiga en desuso (texto Alemán)’. Apología VI: ‘Pues retenemos la confesión, específicamente a causa de la Absolución, como que es la Palabra de Dios que, por autoridad divina, declara el Poder de las Llaves sobre los individuos. Así que sería impío remover la Absolución Privada de la iglesia. Ni tampoco [...] comprenderían qué es la remisión de pecados o el Poder de las Llaves, si hubiera alguno que despreciara la Absolución Privada’. Apología XIII: ‘Por lo tanto el Bautismo, la Cena del Señor y la Absolución, que es el Sacramento del arrepentimiento, son verdaderos Sacramentos. Por estos ritos Dios ha ordenado Su Promesa de Gracia, peculiar del Nuevo Testamento’. Artículos de Esmalcalda III/VIII: ‘Desde que la Absolución o el Poder de las Llaves es asimismo salvación y consuelo contra el pecado y la mala conciencia, y es ordenada por Cristo mismo en el Evangelio, la confesión y la Absolución de ninguna manera deberán ser despreciados (abandonados negligentemente,) sino grande y altamente estimados como de la mayor dignidad, como todos los otros oficios de la iglesia cristiana’.

35. Así, en acuerdo con las Confesiones Luteranas, creemos, enseñamos y confesamos que en la Absolución reside la esencia de la Fe Cristiana; esto es; el Perdón gratuito y la misericordia de la Gracia por el hombre. Y así la retenemos y exhortamos su práctica, en beneficio de todos aquellos que, al no poder hallar alivio para sus conciencias abrumadas por el pecado, requieran más amplio fortalecimiento o consejo.

Comentarios: Desde que la Apología (XIII.11) admite que el Orden puede ser tenido como Sacramento, y desde que la Unción de los enfermos posee también promesa de gracia, no hay entre Luteranos genuinos oposición a la doctrina tradicional de los siete sacramentos; la Confirmación renueva y sella la gracia Bautismal; y el Matrimonio, como imagen de la Obra de Cristo y Su iglesia, obtiene aumento de gracia y fortalece la fe en perseverancia, desde que el Apóstol nos enseña que la mujer Cristiana se ha de salvar criando a sus hijos &c. (1 Tim 2.15.)

XVI DE LA IGLESIA.

36. Creemos, enseñamos y confesamos que hay una Santa Iglesia Cristiana sobre la tierra, la Cabeza de la cual es Cristo, la cual es congregada, preservada y gobernada por Cristo, por medio del Evangelio. Los miembros de la Iglesia son todos aquellos que viven y mueren creyendo que Dios perdona sus pecados por causa de Cristo. La Iglesia, pues, en el sentido propio del término, sólo se compone de los creyentes sinceros. Desde que la fe no puede ser vista por los hombres mas es conocida solamente por Dios, enseñamos que la Iglesia Cristiana, por lo tanto, aunque visible, está escondida del mundo hasta la Segunda Venida de Cristo en gloria y majestad..

37. Los Medios de Gracia, Palabra y Sacramentos, son las Marcas de la Iglesia. Desde que, dondequiera el Evangelio se predica y se administran los Sacramentos, la Iglesia Escondida de Cristo se halla con seguridad, la predicación del Evangelio y la administración de los Sacramentos son las marcas infalibles de la existencia de la iglesia (Hechos 2. 42; Isa. 5. 10-11; Marcos 16.15-16.)

38. La Iglesia, pues, aparece en iglesias particulares o congregaciones, (ecclesia simplex,) engendradas por el Oficio de la Palabra y de los Sacramentos, las más pequeñas así como las más grandes, con posesión plena de las Llaves en la mutua concordia de Ministros y miembros, constituyéndose de este modo como las legítimas posesoras de todos los privilegios y poderes que el Señor inviste sobre Su Iglesia. Sólo en estas iglesias pueden ser hallados verdaderos creyentes, pues ningún escogido puede discernirse fuera de la asamblea de aquellos que han sido llamados.

39. Iglesia ortodoxa: La predicación, enseñanza, y profesión de la verdad divina en toda su pureza, revelada infalible y verbalmente en la Sagrada Escritura, y la administración de los Sacramentos en completo acuerdo con su divina institución, son el criterio de la verdadera u Ortodoxa Iglesia Visible de Cristo sobre la Tierra (Juan 8. 31-32; Mateo 28.20.)

40. Del mismo modo, creemos y enseñamos que, en la enseñanza de la Iglesia, debe siempre existir una confiable y sincera unidad fundada sobre la Palabra de Dios. La disciplina bíblica eclesiástica debe ser ejercida en cada congregación para que se rechace toda doctrina contraria a las Escrituras y toda vida de impiedad.

41. El carácter de ortodoxia de una iglesia se establece no sólo por su adhesión externa o suscripción a un credo ortodoxo, sino por la doctrina actualmente predicada en sus púlpitos, en sus instituciones, y en sus publicaciones.

42. Gobierno eclesiástico: Cristo gobierna Su Iglesia por medio de Su Palabra y los Sacramentos, a través del Ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, que Él confirió a los Apóstoles y sucesivamente a Sus Ministros (Obispos, Presbíteros.) ~ Entendido esto, confesamos la institución divina de la congregación o asamblea local.

43. Creemos que el gobierno episcopal, tal como desde antiguo se ha mantenido en la iglesia, hace al ‘bene esse’ de esta. Así se expresa en las Confesiones Luteranas. Y de este modo hemos diseñado el Orden, los Cánones, y el Libro Luterano de Oración Común, como regla de nuestra Congregación.

XVII LAS ACTUALES CONTROVERSIAS SOBRE IGLESIA Y MINISTERIO.

44. Penosos y temibles errores han sido introducidos en varios y distintos cuerpos que se dicen ‘Luteranos,’ a los cuales ahoga una descarada herejía, la que remonta de larga data.

45. Para vencer tales desviaciones, a través de los años, en oración y minucioso estudio, escribimos y ofrecimos al diálogo, públicamente, diversos documentos y Tesis en nuestra controversia con los heterodoxos, como la posición oficial de nuestras iglesias sobre la materia.

XVIII LA ELECCIÓN DE GRACIA.

46. Creemos, enseñamos y confesamos que el Señor Dios ha elegido a algunos de toda eternidad para vida eterna. Él no hizo esto por algo bueno que haya en nosotros, algo obrado por nosotros, o algo que nos diferencie de otros hombres. Ha sido solamente por gracia. Debemos saber que Él nos ha escogido; que, en el tiempo, también nos ha traído a un conocimiento salvífico en Jesús nuestro Salvador, por medio de la Palabra y los Sacramentos, proveyendo también con ellos madurez a nuestras vidas Cristianas, preservándonos en la fe y asegurándonos eterna salvación.

47. Predestinación significa que Dios nos ha elegido previendo nuestra fe: no como la causa motivadora o meritoria, desde que somos escogidos en Cristo nuestro Redentor, mas como instrumento eficiente; en esa manera según la cual confesamos que la mano del mendigo es eficiente al recibir el libre don. Así, con toda certeza, sostenemos que Dios, de sola gracia, nos ha elegido en la presciencia de nuestra fe perseverante hasta el final.

48. Sí, la Elección es un eterno acto de Dios, por el cual, según el afecto de Su Voluntad, y solamente por los méritos de Cristo, Él ha elegido, para vida perdurable, de entre la entera masa de la humanidad caída, a todos aquellos de quienes ha previsto que, por los medios de salvación que serían ofrecidos en el tiempo a todos los hombres, sin distinción, habríamos de creer en Cristo, el Salvador de toda la humanidad, sinceramente y hasta el fin, de modo que, por Su decreto infalible e inalterable, seamos salvos para alabanza de Su gloriosa gracia, Efe. 1.1-5; 1 Pedro 1.2, 18-21.

49. El Señor Dios no ha predestinado a nadie a la condenación. Su Voluntad es que todos los hombres vengan al arrepentimiento y sean salvos. La doctrina de la Elección Eterna de Gracia no es Ley, sino Evangelio; así, debe hacerse uso de ella para el regocijo y la paz de los santos sinceros, a quienes afligen sus pecados. Por lo tanto, debemos siempre contemplar esta santa doctrina de las Escrituras desde la cruz de Cristo, y no solamente desde el veredicto de un decreto eterno.

50. La Elección de Gracia es la causa por la cual los hombres son traídos a la fe en Cristo y son salvos por vida y eternidad. No obstante, ella no es la fuente por la cual otros hombres permanecen incrédulos e impíos luego de haber escuchado el Evangelio. De acuerdo con las Escrituras, esas personas se pierden para siempre por juzgarse ellas mismas indignas de la vida eterna, o resistiendo obstinadamente al Espíritu Santo, al rechazar el Evangelio en incredulidad; y así son condenadas por su propia falta.

XIX DE LAS ÚLTIMAS COSAS.

51. Creemos y enseñamos que la Iglesia de Cristo sobre la tierra permanecerá bajo la Cruz hasta el fin del mundo, y que hasta la Segunda Venida de Cristo las condiciones generales del orbe empeorarán, paso a paso; no obstante, los sinceros creyentes deben estar seguros y confortarse al saber que Cristo todo lo gobierna para su bienaventuranza.

52. Del mismo modo, creemos, enseñamos y confesamos que Cristo retornará visiblemente a esta tierra en el Último Día, cuando este mundo llegue a su fin; y que todos los muertos se levantarán y serán juzgados, junto a quienes todavía vivan. Los incrédulos irán a perdición eterna, y los creyentes a la vida eterna. Rechazamos toda doctrina sobre un craso milenio mundanal, puesto que ellas oscurecen peligrosamente la gravedad del presente tiempo de Gracia y dan lugar a una falsa concepción del Reino de Cristo, conduciendo la esperanza de los Cristianos a metas seculares.

XX SOBRE CUESTIONES ABIERTAS.

53. No hay ‘cuestiones abiertas’ con relación a las Escrituras en la Iglesia Evangélica Luterana ortodoxa. Pero los padres en la fe aludieron de este modo a algunas materias que no podemos resolver en esta vida, desde que las respuestas del Santo Escrito sobre ellas no son ‘ni sí ni no,’ desde que a ningún individuo ni a la entera Iglesia le está permitido desarrollar o cuestionar la Doctrina Cristiana, sino más bien se le ordena continuar en la Doctrina de los Apóstoles.

54. Los siguientes tópicos no deben ser incluidos como ‘cuestiones abiertas’: 1) La visible iglesia local ha sido señalada por Dios, a través de un acto creador del Espíritu Santo, como la comunión externa fundacional, gobernada por la Palabra y los Sacramentos; es correcto, pues, enseñar que es de iure divino. 2) El Santo Ministerio de la Palabra y los Sacramentos es el único Oficio divinamente instituido en la Iglesia; 3) El Anticristo es aquel poder claramente descripto en la Escritura, con su entero sistema, {2 Tes. 2; 4; Libro de Daniel; Ap 13, &c} 4) El Domingo no es ‘el Sábado del Nuevo Testamento,’ ni tampoco es el Domingo el día ordenado por el Señor o Sus Apóstoles para la celebración del culto Cristiano; 5) El Unionismo o ‘ecumenismo’ es un pecado sumamente grave ante la vista de Dios {Apoc. 13; Dn. 3;} 6) El Milenialismo dispensacional judaíza y se opone abiertamente a la enseñanza del Santo Escrito; 7) Las mujeres no deben ser llamadas al Santo Ministerio de la Palabra y los Sacramentos, ni ser maestras de hombres en la iglesia {1 Timoteo 2; 1 Corintios 14, 34-36.} Las sinceras hijas de Dios aceptan por fe las reservas impuestas por el Señor en Su Palabra, alabando a Dios por ella. Rechazamos, pues, todo burdo epíteto proferido a causa de estas reservas por los hijos de este mundo, aún dentro de la iglesia, ya que la Sangre de Cristo se derramó por toda la raza humana, hombres y mujeres, sin distinción.

SOLI GLORIA DEO

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